Las Palabras - Fernando Gutiérrez Almeira

Dedicado a María García Marichal

1-Mente inversa

Su mente inversa traducía a símbolos cada color, cada aroma o sabor, cada forma, cada sonido. No escuchaba a las demás personas sino que las leía mientras hablaban. No veía la luna sino un relato incompleto de sus fases y cráteres.  Le costaba moverse por el mundo, pues el mundo era para él una abrumadora catarata de signos que a duras penas iba descifrando a medida que avanzaba. Su mano sosteniendo un vaso era una historia en dos capítulos con varios párrafos. Sus pies desarrollaban novelas enteras yendo y viniendo entre su casa, que era una enciclopedia entre otras, y el trabajo, que era una revista que cada día le aportaba un nuevo fascículo.

Por eso encontraba la salvación en los libros. Para su mente inversa los libros no eran letras negras sobre un fondo blanco, eran universos pletóricos de colores, aromas, formas, sonidos, sabores. Podía ver en ellos rostros sonrientes o tristes o llenos de furia o avergonzados. Podía tocar el agua y sentir su frescura en ellos. Le regresaba el tacto y si los sostenía fuerte, con ambas manos, podía ver cómo sus manos dejaban de ser solo capítulos de alguna historia para ser auténticamente manos aferradas a deliciosos paisajes, cargadas de cielos atardecidos o amanecidos o ensombrecidos por nubes negras y atravesados por relámpagos. Él solo vivía verdaderamente cuando se sumergía en un libro.

2-Lo no dicho

Entre las palabras hay silencios, silencios que se abren como caminos y llevan a lo no dicho. ¿Qué es lo que no se dice? Lo que no se dice puede ser lo que ni siquiera se piensa, lo que ni siquiera se adivina. De lo no dicho vienen el llanto y la risa, vienen las miradas que lo dicen todo sin decir nada. El silencio pide la palabra cada vez que alguien calla sin saber qué decir, sin tener palabras suficientes para expresar lo que estremece, lo que inunda, lo que grita, lo que hace vibrar en lo profundo sin asomarse a la superficie. Romper el silencio es, de vez en cuando, necesario, porque lo no dicho puede tener un inmenso e insoportable peso y hasta el peso de la culpa. A veces las palabras acarician el espíritu, mezcladas con breves silencios compasivos y a veces lo no dicho se puede decir por fin, como saliendo de una asfixia demorada. Pero a veces, también, triunfa lo indecible y el poeta calla. Un poema nunca escrito, una palabra nunca dicha, unos labios apretados que guardan un secreto pueden ser una condena y, sin embargo, hay momentos en los que el silencio alcanza.

3-El monolito

Quedaban en aquel mundo las huellas de una antigua civilización desaparecida mucho tiempo atrás. Altas murallas en parte enhiestas aún, en parte deshechas en piedra y polvo. Cimientos, raras estructuras. Pero ni una inscripción excepto la que en un gigantesco monolito de pulido metal jamás erosionado destellaba con sus gigantescos diamantes empotrados hasta lo inamovible. Los arqueólogos de la Tierra no hallaron el modo de descifrar la inscripción hasta que después de dos siglos un grupo de astronautas halló el esqueleto marmóreo de una biblioteca subterránea que aparentaba haber sido destruida con minucioso cuidado. Hallaron, entre cenizas milenarias, tres páginas de un libro. Contaban, de manera entrecortada, una historia de amor cuyo final se ha perdido. Con esas páginas, los arqueólogos descifraron la inscripción del monolito. Al asombro inicial siguió la comprensión inevitable. Allí decía:

“NUESTRA FELICIDAD SE HA IDO CON NOSOTROS, DE NUESTRAS PENAS  CONMEMORAMOS EL OLVIDO”.

4-Lo innombrable

Poco a poco lo envolvió la oscuridad. Era densa. Se notaba obscenamente cargada de presagios de muerte, de entidades ciegas que la agusanaban. No podía ver a través de ella y empezó a dejar de verse a sí mismo. Se le borraron los brazos, las piernas, se le volatilizó el torso en una ausencia demoledora. Se atiborró de oscuridad. La empezó a respirar, negra, putrefacta. Ahora era su oxígeno y su veneno. Vivió de ella todo lo que pudo y murió de ella aún más. Con el alma negra se imaginó todos los asesinatos que hubiera podido cometer. Volutas espesas de negrura salieron de su boca con cada espiración y volvieron a entrar con cada inspiración, hasta que la oscuridad le comió el rostro. Quiso hablar y ya no tenía lengua. Los pulmones por fin se le agotaron, inundados por esa noche brotada de mil insomnios. No pudo decir ni una palabra para nombrar lo innombrable y así murió, con lo que le quedaba de los ojos contemplando un puro horror.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Después de las bombas - Fernando Gutiérrez Almeira

Siete Ataúdes - Fernando Gutiérrez Almeira