Siete Ataúdes - Fernando Gutiérrez Almeira

En mi oficio de carpintero he pasado por épocas difíciles y otras medianamente prósperas. En la vida también he tenido altibajos, aunque en los últimos años he tenido la suerte de construir una familia maravillosa con mi esposa Mabel y mis dos hijos, Leticia y Jorge. Recuerdo especialmente un momento difícil que viví en el año 2015. Estuve casi todo el año con muy pocos encargos. Mabel se vio obligada a pedir ayuda a su hermana para que cuidara a los niños y así poder salir a hacer algunas tareas como empleada doméstica.

Ese año es especialmente memorable para mí porque se me ocurrió investigar sobre licitaciones públicas en las que mi oficio pudiera ser útil para ganarlas. Desde un principio, pensé que era una idea absurda, pero luego encontré una licitación para construir ataúdes. Y resulta que no era una oferta aislada, sino que muchos hospitales del país suelen solicitar ataúdes para sus morgues. En mi caso, gané una licitación para construir siete ataúdes que permitirían el entierro de otras tantas personas cuyos cuerpos se encontraban en la morgue del hospital Maciel desde hacía más de un mes. Eran personas que no tenían familiares, cinco de ellas eran ancianas que habían muerto solas después de años de haber sido olvidadas, y los dos restantes eran indigentes que habían vivido los últimos años de sus vidas en algún rincón oscuro de Montevideo.

No pude limitarme a hacer y entregar los ataúdes. Fui al hospital y conseguí información sobre quiénes eran esas personas. Sabía poco de ellas, pero cualquier detalle que pudiera sacarlas del anonimato me hacía sentir mejor con mi propia conciencia. Una era Catalina Pérez, viuda durante 25 años. Otro era Ricardo Costa, pescador artesanal que había pasado sus últimos años en el geriátrico estatal, el Piñeyro del Campo. También estaba Víctor Lagomarsino, un hombre con antecedentes penales que había decidido suicidarse con el gas de una garrafa. Milton Gutiérrez había sido encontrado muerto de frío bajo un puente peatonal sobre la ruta uno. Lidia Meneses, una anciana con demencia senil, se había tirado sobre las rocas en la Rambla Sur. Carlos Melgarejo era un caso muy especial, pues había llegado al hospital con graves quemaduras. Un grupo de jóvenes lo habían atacado en la Ciudad Vieja solo por el hecho de ser indigente. Y, por último, Héctor Melgar había llegado con su único hijo al hospital después de sufrir un ACV que lo dejó postrado y sin habla. Al tercer día, el hijo no se presentó más para cuidarlo y medio mes después, más o menos, falleció.

Cuando cargué los siete ataúdes en la camioneta para llevarlos al hospital, sentí una extraña mezcla de orgullo y tristeza. Había puesto el nombre de cada uno de ellos en la tapa de los ataúdes con letra bien visible, porque iba a ser un entierro colectivo y no quería que descendieran a la tierra entremezclados en un vergonzoso anonimato. Cada uno tenía derecho a ser alguien por un momento antes de dejar de serlo.

El viaje al hospital fue silencioso y lúgubre. Los ataúdes estaban apilados cuidadosamente en la parte trasera de la camioneta, cubiertos por una lona negra que se agitaba con el viento. El cielo estaba gris y nublado, y las calles estaban casi vacías. Me pareció que la ciudad estaba de luto por los siete desconocidos que habían sido olvidados en la morgue del hospital durante tanto tiempo.

Al llegar, mientras los funcionarios se encargaban de recibir los ataúdes, decidí preguntar cuando sería el lugar y momento del entierro. Me dirigí a la oficina de la morgue y pregunté por el encargado. Un hombre de mediana edad, con una bata blanca, salió a atenderme. Le expliqué mi intención de honrar a los muertos asegurándome de que se hiciera una mínima ceremonia de despedida con mi presencia. El encargado asintió con la cabeza y consultó su agenda. Me informó que el entierro se llevaría a cabo en el cementerio de La Teja, al día siguiente a las 10 de la mañana. Agradecí la información y me retiré.

Esa noche, pensé en los siete difuntos y en cómo sus historias habían terminado en una morgue, sin nadie que los reclamara, sin nadie que los llorara. Aunque no los hubiera conocido en vida, yo les daría el respeto que merecían en su último adiós.

Al día siguiente, temprano en la mañana, los ataúdes fueron llevados al cementerio, donde un grupo de trabajadores, con semblante solemne, los recibió y los hizo descender a una gran fosa preparada de antemano. Una ventisca se colaba por entre las ramas de los árboles, haciéndome sentir más intensamente con su helado roce la ausencia de aquellos que deberían estar allí, una ausencia que yo no podía compensar ni siquiera un poco. La ceremonia fúnebre consistió simplemente en que yo pidiera un minuto de silencio. Luego vino el sonido de la tierra cayendo sobre los ataúdes, como lágrimas faltantes. Sentí que había hecho lo correcto, aunque de nada sirviera. Les di a los fallecidos el respeto que merecían y les agradecí por haberme dado la oportunidad de ganarme el pan en un momento difícil. Aunque nunca los había conocido en vida, les permití ser parte de mi memoria para que ellos me permitieran ser parte de la suya.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Después de las bombas - Fernando Gutiérrez Almeira

Las Palabras - Fernando Gutiérrez Almeira