Aptitud matrimonial - Fernando Gutiérrez Almeira

Era irremediable. Tenía que matarla. Pero fue todo un proceso en el que el odio y el cálculo se fueron fusionando en mi mente. Primero estuvo el día en que la vi sentada en esa cafetería escondida en el barrio Palermo. Es imposible saber por qué yo estaba ahí, justo ahí, esa tarde de junio cargada de llovizna. Pero ella había llegado a ese lugar con una razón clara: verlo a él, dejar que él le sostuviera la mano derecha con cariño mientras conversaban, mirarlo a los ojos y besarlo intensamente al despedirse.

El detective privado me lanzó sobre la mesa un torbellino de fotos y me dijo que era Horacio Lindel, un compañero de trabajo que había intentado, inútilmente, entablar una amistad conmigo . No pude mirarlas con detenimiento, era demasiado. Se me nublaron los ojos, se me incendió una parte de la cabeza con un fuego invisible y la otra parte se me congeló en una nada mortecina, cadavérica. Era inaceptable pero yo había pagado para constatar lo inaceptable, lo casi imposible, como si quisiera ponerme a prueba en el acto de hundirme a lo profundo y aguantar la respiración hasta tener el cerebro paralizado.

Comprar el revólver no fue tan fácil como ir a simplemente entregar el dinero y pedir un par de cajas de balas lustrosas. Tuve que sacarme el permiso de porte de armas, tuve que planear, discutir conmigo mismo qué carajo estaba a punto de hacer, que mierda iba a ser de mi vida después de aquello. La discusión no llegó a término. La corté en seco como se corta con un machete la maleza para poder adentrarse en el monte oscuro. Y me adentré, claro, sintiendo el barro hasta las rodillas y los mosquitos zumbando contra mis oídos como diablos.

Y ahora estaba allí, abriendo la puerta de nuestra casa, de lo que una vez había sido un hogar. Giré la llave prestando atención al ruido de las trabas removiéndose y luego tiré del pestillo y empujé decidido. Guardé las llaves cómo si eso importara y metí la mano en el bolsillo del saco. Tenía que matarla. Pero sucedió lo incomprensible. El revólver no estaba. ¿En verdad no estaba allí después de tanto pensarlo y repensarlo, de tanto planificar mi odio? ¿Dónde lo había dejado? Intenté recordar pero en lugar de volver a ese supuesto sitio donde tenía que estar el revólver recordé que ya había matado a Elena. Recordé que ella ya estaba muerta y qué ella y Horacio Lindel estaban tirados sobre la cama de mi propio cuarto con más de un balazo encima, sangrando como sangran las heridas que jamás pueden cerrarse. Podía recordar perfectamente el charquito luminoso de sangre junto a la cabeza de Elena y los ojos demasiado abiertos de Lindel, demorados en una sorpresa eterna.

Ya la había matado así que no tenía sentido que siguiera rebuscando en el saco un revólver que no podía estar allí. Cerré la puerta de nuevo, pasé otra vez la llave. Después de colgar el saco y el sombrero en el perchero tenía que ponerme a pensar el motivo de mi llegada esa noche a una casa en la que yo ya no podía estar. Pero Elena salió entonces del dormitorio y empezó a bajar las escaleras. Llevaba puesta la bata negra con orlas doradas que le había regalado en nuestro último aniversario y sonreía mientras venía hacia mí, feliz de verme llegar a casa. No la besé sino que solo dejé que me besara y de algún modo, con un automatismo inexplicable, inicié con ella una conversación de esas triviales en las que no se dice nada en especial. Mientras hablaba intenté encontrar adentro mío el odio que sentía, el despecho, la rabia, pero habían desaparecido junto con el revólver. Así que la seguí hasta la cocina. Cocinaríamos juntos.

Mientras ella cortaba el ajo y el perejil, luego la cebolla, la zanahoria, las papas en pequeños cubos, yo miraba el relumbrar de la cuchilla y seguía revolviendo el contenido de la olla. Iba a ser una cena tranquila, como tantas veces. No podía encontrar nada dentro mío. Estaba vacío, ajeno a ella y a todo. Tuve que dejar la cocina por un rato e ir al baño a lavarme la cara casi con furia. Si despejaba mi mente seguro que volverían a estar ahí las razones, las explicaciones, las verdades de carne penetrada de esas fotos inmundas. Pero cuando me miré al espejo vi el rostro de Horacio Lindel. Yo era él esa noche. Y así tuve que volver junto a ella, sucio de mí mismo, para envolverle con mis brazos la cintura y besarla con fuerza. Después seguimos preparando la cena embriagados de esa ternura que solo yo podía darle. 

Ella me dijo que esa noche el no volvería. Estaba en un viaje de negocios, perdido en algún edificio lleno de oficinas y oficinistas allá en Mendoza. Así que subimos por esas escaleras felices. Ella me agarró de la mano para apurarme, ansiosa, y yo solo podía pensar en cómo se movía su cuerpo bajo la bata. Cuando cerró la puerta del dormitorio detrás de mi tuve la sensación de ser un ladrón, un estafador, como siempre la había sentido cuando me acostaba con ella a escondidas de su marido, el pobre Adrián Méndez, mi colega de trabajo. Pero la culpa no parecía ser suficiente para detenerme, porque ella era insistente, casi empalagosa y quería hacerme el amor de manera descuidada y entusiasta. ¿Por qué no me detenía? Cada vez que lo veía a Méndez en el trabajo sentía lástima por él. ¡Pobre cornudo!

Después de hacer el amor ella siempre se dormía satisfecha y hasta roncaba. Pero esta vez yo no me sentí cansado, ni quise pensar en el cigarrillo que no iba a poder fumar para no dejar ese rastro de olor ajeno que podía alertar a Méndez. Y recordé que una vez, mientras Elena abría la puerta del ropero, vi un espejo interior en ella. Tratando de no despertarla, me levanté de la cama despacio, me senté en el borde y pensé que tenía que mirarme de nuevo en el espejo. Tenía que asegurarme de que yo no era Adrián. Tenía que estar seguro de que el equivocado era él.  Fue entonces cuando sentí el ruido de la llave en la puerta y ese sonido raro que hace el viento cuando entra junto con alguien que llegó de manera inesperada a su propia casa.

¿Sería él? ¿Sería aquella la noche en que todo había terminado? Me volví a meter en la cama y esperé. Si era así, no iba a impedirlo. Yo no era quién para librarme de mis pecados. Así que esperé mientras sus pasos subían uno después de otro, sobre la madera que crujía leve pero firmemente. Pude sentir su mano aferrando el pomo y haciéndolo girar. Lo pude ver en el rellano de la puerta, con la luz turbia que entraba por la ventana golpeándole el rostro lleno de rencor y deseos de destruir. Levantó el revólver y apuntó con certeza. Las primeras dos balas fueron para mí, pero solo después de que le disparara tres veces en la espalda a Elena me remató de un tiro en la cabeza.

Y ahí estaba yo, con el revólver humeando en mi mano y el cuerpo temblándome de pies a cabeza, viendo sus cuerpos inertes dejando decantarse por oscuros orificios una sangre muy espesa. Los había matado pero no sentí alivio, solo deseos de huir de mí mismo, irme a ninguna parte, no llamarme nunca más Adrián ni mucho menos Horacio. Tiré el revólver encima de la cama y salía a la calle. Respiré hondo un largo rato, dejando que la noche de Buenos Aires me invadiera como una maldición. Después volví adentro y disqué el número de la policía. Decidí entregarme sin más, sin esperar más nada. La otra alternativa es pegarme un tiro ahí mismo en la sien pero tenía miedo de no morir.

Fue entonces cuando todo se resquebrajó, se hizo añicos. Las paredes se disolvieron, la escalera se desintegró, los recuerdos de mil asesinatos y de mil muertes se arremolinaron y se escaparon de mi mente como por un desaguadero. Me desperté y empecé a recordar al verdadero Adrián Méndez, el que vivía otra vida con otra Elena. El respaldo del sillón se movió suavemente hacia adelante y el casco de realidad virtual se apartó de mi cabeza. Tuve que parpadear varias veces entre las paredes blancas del salón y por fin pude ver a los tres sonrientes empleados de Similcorp dándome a entender con su gesto amable que todo había salido bien.  

Debo decir que todo fue idea de Elena. Según mis futuros suegros, ella siempre fue muy meticulosa, sin dejar ningún cabo sin atar. Así que me pidió que asistiera a esa sesión en Similcorp para evaluar mi aptitud matrimonial. Te aseguro que me reí a carcajadas cuando me lo propuso. Le dije que eso era cosa de gente rica que desconfía de la inevitable contradicción entre el interés amoroso y el monetario, pero que yo no era ni por lejos ambicioso ni ella tan rica como para permitirse una desconfianza semejante. Pero hablaba en serio y lo que quería, claro está, era asegurarse de que ni por celos ni por lujuria yo iba a fallarle.

Cuando salí de la sala de pruebas y se me acercó en el pasillo, luminosa como siempre, hermosa como nunca, la abracé como la primera vez allá en El Calafate. Ya le habían informado que habían evaluado mi aptitud matrimonial con un puntaje de 98. Se podía decir, en ese momento, que yo era el perfecto candidato para ser su esposo. Pero antes de casarnos, claro, teníamos que terminar nuestras vacaciones en Marte. Así que, sin prisas y llenos de amor el uno por el otro, subimos al aeromóvil y salimos en dirección a Noctis Labyrinthus.

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