Camino helado - Fernando Gutiérrez Almeira

 

Camino, no dejo de caminar. El viento azota mi rostro, lo congela. La tierra cubierta de nieve se extiende hasta el horizonte difuso, neblinoso. No sé por qué camino, por qué vivo. Ni sé por qué al final me pudriré bajo un manto grueso de hielo y oscuridad. Mi interrogante es ignorada por los rastrojos vegetales que anidan esperando para estallar el próximo verano en un manto de flores. Mi escepticismo acerca de la existencia es resistido por las plantas que se refugian y siguen vivas en las depresiones de las rocas. La fragilidad de mis deseos y afectos me acompañan mientras avanzo por este paisaje inhóspito. Me veo trepando por pendientes escarpadas como las cabras, tratando de desafiar la gravedad, o cazando con astucia y sigilo verdades esquivas, como el zorro ártico, o vagando en busca de alimento espiritual como el oso blanco que apenas entreveo a lo lejos, adaptándome a un mundo incierto y cambiante, con una voluntad también incierta y cambiante, depredada por la duda y la hostilidad de lo incomprensible. Mis recuerdos brotan efímeros como las flores de un deshielo temprano y equívoco, desapareciendo pronto en el viento gélido del olvido. Mis ojos solo captan fragmentos de la realidad, mientras el vasto mundo se extiende más allá de lo imaginable. Mis oídos buscan el compás del universo, pero solo perciben el susurro del viento pronunciando verdades en lenguas extrañas. Mis pensamientos y emociones se desvanecen en esta blancura que no termina, que me cala hasta los huesos con su intenso frío. Y así, debilitado y reducido, me canso de buscar un sendero, una dirección, un motivo cierto y definitivo para seguir adelante. Los seres que se aferran a la vida parecen aleccionarme con el fatalismo de su constante lucha por existir, acusando a mi vulnerable conciencia de debilidad e inconsistencia. Me acusan de no luchar lo suficiente para mantenerme en pie, para no caer vencido. ¿Acaso debía ser de esta manera? ¡¿Quién podría saberlo?! Mientras avanzo por este sueño congelado, mis preguntas son escarcha que se deshace y desvanece. Pero camino, sigo adelante, como el buey almizclero que desafía la tormenta que busca derribarlo, mientras mis pensamientos se sumergen en sí mismos intentando descifrar mi lugar en el misterio que me envuelve.

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