Del reino de la necesidad al reino de la libertad - Fernando Gutiérrez Almeira

La conciencia no es una propiedad inmediata de la vida. La vida puede persistir sin conciencia o, al menos, con un mínimo de conciencia. Tampoco parece inherente a la vida una tendencia a adquirir conciencia o a agudizarla, profundizarla en capacidades y alcance. Sin embargo, podemos comprender que la conciencia juega un papel sustancial en el desempeño de la vida. Cuanto más forzosa es la marcha de los seres vivos en cuanto a riesgos asumidos, movilidad e intercambios energéticos, más necesaria se vuelve la conciencia. Hay más conciencia en los animales de la que suele haber en los vegetales, subsumidos en la inmovilidad de una ganancia energética de origen solar casi garantizada, porque la conciencia acompasa su necesidad de moverse, estar alerta a los depredadores, buscar fuentes de alimento, etc. De modo que podemos concluir, aunque sea de manera rudimentaria, que la conciencia se expande y perfecciona en la medida en que el ser vivo apunta a la expansión de la fuerza y los alcances de su existencia.

¿Cómo sirve la conciencia a la vida? La sirve como una herramienta para economizar la fuerza, para que los gastos energéticos que realiza el ser vivo para reponerse sean eficientes. La conciencia otorga eficiencia, productividad, a la fuerza aplicada por aquellos seres vivos que no tienen garantizada la devolución de sus gastos energéticos. En ese sentido, la conciencia humana no difiere mucho de la conciencia animal. El ser humano ha empleado su conciencia, su inteligencia, durante decenas de miles de años al servicio de la economía de la fuerza, logrando éxitos de gigantescas proporciones al desarrollar la agricultura, que permite acumular energía para tiempos de escasez, y las máquinas, que disminuyen los gastos vitales realizados directamente por los seres humanos al poner la energía del medio ambiente al servicio maquínico de la humanidad.

Uno tiene derecho a preguntarse por qué existe aún el hambre entre los seres humanos si su elevada conciencia les permite mejorar tremendamente la relación costo-beneficio entre sus gastos y ganancias energéticas. La respuesta es simple: los seres humanos han iniciado en una fase lastimosa de su desarrollo una competencia entre ellos bajo la relación parásito-parasitado, amo-esclavo, que ha tenido como resultado el surgimiento de minorías privilegiadas de seres humanos que dejan en manos de las mayorías el trabajo-gasto necesario para obtener los recursos vitales mientras absorben y hasta despilfarran esos recursos. Entre los seres humanos se ha establecido una estructura de dominación y parasitismo que a la larga ha adquirido el potencial de globalizarse a todo el planeta.

Es evidente que la lucha final de la humanidad no será la económica jamás. Los seres humanos ya son capaces de vivir por encima de la necesidad de garantizar los recursos vitales y de construir una civilización basada en la superabundancia erótica de la energía. Pero esa capacidad solo puede realizarse si la humanidad deja de alimentar a sus propios parásitos, si la humanidad supera el parasitismo económico que se ha establecido en el seno de sus sociedades. Un primer paso para ello es que las naciones se independicen sustancialmente entre sí, de tal manera que las más fuertes no consuman la fuerza de las más débiles, sino que se genere a nivel planetario un equilibrio de fuerzas entre capacidades e intereses nacionales. Es decir, un primer paso para lograr el fin del parasitismo humano es terminar con los imperialismos y bloquear para siempre la construcción de hegemonías. Una vez dado ese paso, le será posible a la humanidad distribuir inteligentemente su abundancia de recursos para crear a su vez un plus energético que pueda ser invertido en un ciclo de crecimiento incluso extraplanetario de la fuerza y de la energía disponible. La humanidad, liberada del yugo mental de la necesidad y el parasitismo económico florecido a la vera de la necesidad, podrá en el futuro, si todo sale bien, construir una civilización donde la conciencia ya no esté obsesionada con el sostén vital, sino que, teniendo este plenamente asegurado, pueda dedicarse a la expansión de la riqueza y la conciencia misma y al disfrute erótico de sus frutos y logros. De este modo, pasará del reino de la necesidad al reino de la libertad.

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