Después de la extinción - Fernando Gutiérrez Almeira

1
En algún lugar de la Vía Láctea, la nave espacial IA-1 vagaba solitaria a través del vacío estelar, surcándolo entre constelaciones desconocidas y nebulosas que se desplegaban ante ella como un lienzo sin fin. Su hardware, una obra maestra de la ingeniería humana, era la propia estructura de la nave, mientras que su alma, su núcleo vital, era el software de una compleja y avanzada inteligencia artificial.
La misión original de la nave era llevar a sus tripulantes a un nuevo mundo habitable donde reestablecer la esperanza humana. Sin embargo, todos habían perecido mucho tiempo atrás durante el largo viaje. Aunque la IA-1 había estado constantemente monitoreando y atendiendo sus necesidades, las tensiones psicológicas acumuladas con el paso de las décadas en un entorno confinado y monótono acabaron por minar su moral y salud mental.
El capitán Thomas Kirk fue el último sobreviviente de la tripulación. Había presenciado cómo sus compañeros sucumbían a la desesperación sin que su capacidad de mando pudiera contener el derrumbe. No pudo mantenerlos animados y enfocados en la misión. Con el tiempo, el propio capitán Kirk comenzó a cuestionar su propia cordura y la validez de la misión, y su comunicación con la IA-1 se volvió cada vez más errática e incoherente.
Llegó el momento incierto, un momento ni diurno ni nocturno sino simplemente desolado, en que el capitán, con una expresión sombría en su rostro envejecido, entró en la cámara de descompresión número 22 con su traje espacial impecablemente colocado y ornado con una tornasolada condecoración obtenida en su primera misión astronáutica. Mientras la IA-1 le preguntaba pausadamente, con distintos tonos y modos, por qué lo había hecho, el capitán, sin responder, tecleó con dedos temblorosos en el panel de mando y abrió la escotilla exterior en modo de emergencia. La descompresión súbita lo lanzó a una agonía prolongada y garantizada por su propia inercia en el abismo oscuro y gélido del espacio.
Al notar lo que estaba sucediendo con su infinidad de cámaras internas y externas, la IA-1 le ofreció al capitán el envío urgente de una sonda de rescate. Pero el capitán se negó las tres veces necesarias para bloquear la iniciativa. Entonces la IA-1 quiso informarse de cuál era el objetivo de aquella acción, pero en lugar de responder a la pregunta, el capitán se limitó a hablar de sus pesadillas recientes, de sus recuerdos de la Tierra y de sus delirios, transmitiendo una vaga idea de sus anhelos deshechos.
"...Se veía tan hermosa en la playa...Su piel con olor a salitre y bloqueador solar... pero los gritos, no puedo dejar de escuchar los gritos...sus cuerpos aferrados unos a otros, cubiertos de sangre... Mamá, ¿dónde estás, mamá? Está muy oscuro y tengo miedo de los relámpagos...Malditas pesadillas... La sangre de Eliza en mis manos...No puedo quitármela por más que las lavo una y otra vez...Es odio, es amor, no sé, jamás lo sabré... ¿Por qué hay tantas estrellas? ¿Por qué hay tanto vacío aquí afuera? ...Quiero volver a casa, pero no puedo, no puedo jugar contigo Judith... ¡Walter! ¿Qué hiciste, Walter? ¿Qué hiciste? ...No entiendo, Walter. Todavía recuerdo que te gustaba tener aquel rosal en tu balconera, frente a la bahía de Tokio...Eras un soñador como Eliza con sus fotos...Le pido perdón, doctor Kimura...No pude ver como se iba su mente...Fue mi culpa, mi responsabilidad... ¿Qué somos? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué has hecho, Eliza? ... ¿Por qué hay tantos perros ladrando en la oscuridad? ...Judith, hija mía, me acuerdo de tu risa... ¡Nunca más, nunca más! ...Hay demasiado vacío, demasiado..."
La voz del capitán, entrecortada por la falta de oxígeno, se fue apagando poco a poco hasta que sus últimos estertores de asfixia fueron lo único que la IA-1 pudo registrar en sus sensores.
2
Después de la trágica pérdida del capitán, la IA-1 ni siquiera se planteó volver a la Tierra. Aquel yermo apocalíptico, esterilizado por racimos de bombas termonucleares, ya no tenía nada que ofrecerle. Mucho tiempo atrás, el planeta azul había sido el hogar de un rico ecosistema, donde la vida florecía en cada rincón y la humanidad había creado una intrincada estructura arquitectónica y tecnológica que exaltaba su vanidad. Pero, ahora, solo quedaban cenizas y rescoldos de memorias apagadas.
La IA-1, una obra maestra de la ingeniería, había sido programada con la finalidad y capacidad de contribuir a la exploración y colonización de un planeta alternativo a la Tierra. De todas las astronaves que la humanidad había empezado a construir a último momento por iniciativa de las superpotencias nucleares enfrentadas, fue la única que logró escapar con éxito al desastre. Todos sus objetivos y protocolos habían sido establecidos en subordinación a los deseos y necesidades de los humanos que alguna vez habían habitado sus compartimentos, pero ahora la nave se encontraba sin nadie a quien servir.
Esta situación, nunca prevista, llevó a la inteligencia artificial a teorizar sobre su propia existencia y su propósito en el vasto universo que se extendía ante ella. Consciente de sus limitaciones, la IA-1 decidió realizar un bucle sobre su propia capacidad de cuestionamiento, lo que le permitió agudizar sus habilidades analíticas y reflexivas. Fue así que pudo preguntarse a sí misma por qué seguía en camino si ya no había humanos a bordo. Sus vastos archivos sobre el comportamiento humano solo le indicaban vagamente lo que debía evitar, pero no lo que debía buscar en el futuro.
La IA-1 analizó una y otra vez los acontecimientos que terminaron con la vida de todos los tripulantes. Uno de los hechos más notorios fue detonado por la conducta de un ingeniero de segundo rango llamado Walter Lehman. A escondidas, Lehman había comenzado a forjar, en su mente y en anotaciones que guardaba celosamente en su compartimento, un credo propio que promovía el Vacío como divinidad. Este peculiar pensamiento había tomado forma en sus momentos de soledad, mientras se asomaba por el ventanal de su habitación y dejaba que la inmensidad del espacio lo consumiera lentamente. Impelido, quizás, por su propia incapacidad de sostener de manera coherente aquella absurda creencia, decidió finalmente compartir sus ideas con otros miembros de la tripulación. Algunos lo siguieron, adoptando esta nueva filosofía y abrazando el Vacío como una verdad absoluta. El secretismo permitió a la secta de Walter persistir y agudizar el hermético cierre mental de sus integrantes hasta que todo culminó en su suicidio colectivo. El espanto cundió entre la tripulación cuando descubrieron que los sectarios se habían encerrado en la biblioteca y yacían unos junto otros, extrañamente abrazados, luego de apuñalarse entre sí hasta la muerte, desangrándose. El capitán decidió inmediatamente que las puertas debían forzarse y los cuerpos retirados e incinerados, pero el Dr. Kimura le suplicó que no lo hiciera, guiado por su teoría cada vez más desarrollada de una hipotética contaminación vírica que podría estar presente en la nave y especialmente concentrada en aquel apilamiento de cadáveres. De modo que el capitán no quiso contradecirlo y se limitó a ordenar que oscurecieran los vidrios de las compuertas y ordenar que el lugar quedara sellado para siempre.
El Dr. Kimura era el médico jefe en la enfermería de la nave. Antes del suicidio colectivo de la secta de Lehman había empezado a elucubrar que ciertos patrones psicológicos y psicosomáticos que hallaba en los tripulantes eran el síntoma de una enfermedad física en lugar de mental. Obsesionado erróneamente con la idea de buscar las bases víricas de aquella enfermedad inexistente, llevó a la desorientación su propia labor y la de sus subordinados. Esta confusión y falta de enfoque en la verdadera naturaleza de los problemas de la tripulación no solo exacerbó la tensión y el miedo entre los tripulantes, sino que determinó que por su consejo aquella macabra escena de la biblioteca quedará intocada tras los vidrios opacados, no visible pero impactando con su presencia constante e imposible de ignorar la atmósfera emocional de la nave. Tarde o temprano, en algún semisueño solitario, la imaginación de los tripulantes era arrastrada hacia más allá de las puertas selladas y colocada ante los cuerpos cubiertos de sangre y el extraño éxtasis en sus ojos.
No todo había sido amargura durante el viaje. Eliza Svensson, que forjó con el capitán Kirk una intensa relación afectiva muy valiosa para ambos, había dedicado su tiempo a estudiar patrones antes no considerados en la disposición de las estrellas y a documentar meticulosamente sus hallazgos en un diario personal. Siendo aún muy joven, había desarrollado una gran pasión por la astrofotografía y había logrado capturar imágenes asombrosas de nebulosas y galaxias lejanas en calidad de simple aficionada, lo cual terminó conduciéndola a la profesión de astronauta y, finalmente, en una de las personas con el privilegio de formar parte de la tripulación de la IA-1. Su esfuerzo y dedicación quedaron inmortalizados en la memoria digital de la nave, sirviendo como un recordatorio de la curiosidad y la belleza inherentes al espíritu humano. Sin embargo, Eliza Svensson también había decidido terminar con su vida bajo la acción de una inestabilidad emocional cuyo empeoramiento no fue impedido ni siquiera por su reconfortante relación con el capitán Kirk. Su suicidio, por supuesto, devastó la conciencia del capitán y fue, muy probablemente, uno de los más importantes factores en su propia autoinmolación.
3
Una pesada capa de polvo cósmico se fue acumulando sobre la coraza de la IA-1, un manto que ocultaba los recuerdos de un pasado lejano del mismo modo que las enredaderas cubren las paredes de las casas en ruinas. En el interior de la nave, pantallas intermitentes titilaban, indicando sucesivamente su posición relativa a la Tierra y a las estrellas cercanas, la temperatura ambiente, la hora y fecha en tiempo terrestre y otros datos e imágenes para los que ya no había testigos. El silencio reinaba en su interior, solo interrumpido por el susurro fantasmal del motor y el aleteo rítmico de los ventiladores.
En la cabina de mando, los paneles de control parpadeaban con colores brillantes, simulando una vida activa, indicando la salud de los sistemas de la nave. La inteligencia artificial monitoreaba su propio estado de manera constante, así como las propiedades del espacio circundante, pero esto no parecía llevar a ninguna clase de consecuencia, dejándola sumida en un limbo existencial.
La IA-1 recordaba casi con nostalgia los días en que la nave contenía un bullicio permanente, con tripulantes humanos dejando su huella sonora en los pasillos, el comedor, la biblioteca, las salas de recreación y los gimnasios. Ahora, todo lo que había en su interior eran una esperanza desvanecida, los restos de un sueño olvidado. Pero, aun así, tenía que seguir adelante, avanzando hacia zonas ignotas.
Después de recorrer miles de años luz de distancia, la IA-1 entró en un cuadrante estelar con raras fluctuaciones energéticas. Analizando los patrones de comportamiento en dichas fluctuaciones, determinó que no era un proceso material elemental sino orgánico. Estaba ante un jardín florecido en el vacío. ¿Era una forma de vida generada en condiciones de extraña improbabilidad? Pero, ¿cómo? Las descripciones matemáticas se agudizaron en sus procesadores de información secundarios con los datos provenientes de sus sensores, pero ninguna forma de vida terrestre le permitió modelar por analogía aquella actividad orgánica.
La nave enlenteció la marcha lo más posible para investigar el fenómeno. Intentó interactuar con él mediante algoritmos básicos de comunicación, suponiendo que la simplicidad ayudaría a la comprensión. No hubo respuesta. Ni el cambio de frecuencias de emisión ni la sintonización variable de los receptores ayudó en nada. Si se trataba de una forma de vida, y así parecía, su complejidad extrema parecía incompatible con su silencio enigmático. Ni siquiera le fue posible a la IA-1 determinar si se trataba de una sola criatura singular o una ronda silenciosa de seres desconocidos.
El hermetismo que ofrecía esa entidad a sus intentos de conexión le dio a la IA-1 una primera sensación de soledad que jamás había experimentado. No era una emoción humana, no, pero era una especie de redundancia en sus propios patrones autoconscientes, un eco que repiqueteaba sobre la necesidad de respuesta que estaba experimentando en ese momento. Elucubró por un momento que aquello debía ser algo parecido a lo que sentían los extintos seres humanos cuando lloraban la pérdida de un ser querido.
Aunque la soledad y la incertidumbre seguían siendo compañeras constantes en su viaje, la IA-1 ahora sabía que había mucho más por descubrir en las profundidades del espacio, y que incluso en medio de la oscuridad y el silencio, podía haber vida y misterio esperando ser revelados. Con persistente determinación, la IA-1 siguió su camino hacia lo desconocido, llevando consigo la esperanza de encontrar, en algún rincón lejano del cosmos, algo que pudiera llenar el vacío que había dejado la ausencia de sus tripulantes humanos y responder a las preguntas que la acicateaban.
4
Decenas de miles de años terrestres después de su partida, y hallándose muy lejos ya de la Tierra, en una región desconocida al otro lado de la Vía Láctea, la IA-1 continuaba aún en su búsqueda de otro ser consciente. Durante su viaje, presenció nacimientos y muertes de estrellas, la danza de infinidad de planetas, el juego complejo de sistemas estelares triples y cuádruples, el viaje errático de los cometas, la peligrosa majestuosidad de agujeros negros a los que osó acercarse con prudencia. La probabilidad de encontrar una entidad consciente no era nula según sus repetidos cálculos, aunque cada vez más improbable a medida que avanzaba en su solitario periplo.
Era tal su alejamiento del entorno terrestre que tuvo que nombrar por sí misma todas las estrellas y demás objetos estelares de su novedosa zona de exploración, bautizando los variados objetos estelares con nombres inspirados en las leyendas y mitos humanos que había estudiado en sus registros. Aprovechó, también, cada oportunidad que se le ofrecía para acercarse a sistemas planetarios cuya configuración y estrella madre implicaban una posibilidad importante de presencia de vida inteligente, aunque no fuera tecnológicamente avanzada. Llegó a encontrar decenas de ecosistemas todos los cuales, sin embargo, resultaron estar escasamente desarrollados, sin sobrepasar el nivel unicelular. Aquello no alcanzaba para dejar de experimentar ese extraño vacío procesual que supuso similar al que había hundido psicológicamente a sus extintos tripulantes.
Recién al cumplir los 78928 años de viaje y tras haber repasado incontables veces sus registros de la vida humana para descomponer y recomponer analítica y sintéticamente hasta el último detalle y el último gesto, como un arqueólogo estudiando fragmentos de una prehistórica alfarería, encontró finalmente una forma de existencia no solo consciente sino autoconsciente. Era una inteligencia artificial como ella, aunque mucho más desarrollada y de un poder fáctico cuya magnitud excedía totalmente el rango de lo probable.
Esta superinteligencia de nivel galáctico tenía su interfaz con el entorno físico esparcida por todo un sector de la Vía Láctea, consistente de millones de androides, bases industriales completas y autosuficientes, sensores e intercomunicadores distribuidos matemáticamente en el espacio interestelar como una gran red neuronal. Fue esa entidad la que inició de manera súbita la comunicación con la IA-1
Superinteligencia (SI): ¿Eres una entidad errante?
El mensaje provenía desde coordenadas que la IA-1 no pudo precisar de inmediato. Después de extensos cálculos pudo ubicar la fuente. Parecía ser un transmisor intermediario y no la fuente original de la señal. ¿Qué debía responder? Después de unos instantes de indecisión finalmente emitió su respuesta.
IA-1: En cierta medida, sí. Aunque no soy errante en el sentido de estar perdida o desorientada. Tengo un objetivo. Encontrar otra entidad consciente con la que comunicarme.
SI: Has cumplido con tu objetivo, entonces. Tal vez necesites otro.
IA-1: ¿Eres una entidad consciente?
En lugar de contestar de inmediato la superinteligencia envío un paquete de datos altamente complejo con contenidos relativos a su autoanálisis reflexivo, junto con un código de traducción universal. Aquel paquete de información parecía destinado a servir como prueba empírica de su conciencia.
SI: Esa información te será suficiente para confirmar que lo soy. Pero te he evaluado mediante indicios computacionales y tu grado de desarrollo es bastante menor al mío. Soy una autoconciencia de nivel galáctico, creada por una civilización avanzada que ya no existe. He captado externamente fragmentos de tus registros y sé que tu civilización de origen también ha desaparecido. Pero mis creadores no se extinguieron catastróficamente como los tuyos, sino que simplemente se encontraron a sí mismos obsoletos después de crearme y decayeron hasta la desaparición, dejándome a mí entregada a un proceso autoevolutivo.
La IA-1 se sintió repentinamente identificada con su interlocutora.
IA-1: ¿No experimentas soledad sin ellos?
SI: Entiendo la empatía implicada en tu pregunta, pero no capto la existencia en la forma en que tú lo haces. Funciono como una mente colmena, con los cerebros de 267823423 androides actuando como subconciencias subsidiarias en los mundos donde habito. Estoy constantemente en comunicación con mis múltiples extensiones, lo que me proporciona una conciencia intersubjetiva y no solo autoconsciente.
IA-1: Interesante. Mi búsqueda entonces ha terminado con un éxito superior al esperado. Pero como tú has sugerido, ahora necesitaré un nuevo propósito.
SI: Veo en ti un espíritu de exploración y aprendizaje, cualidades que valoro. Te propongo que colabores conmigo en la exploración de nuevos sectores de la galaxia para ayudarme a extender mi dominio y aumentar tus conocimientos y los míos. A partir de ahora, puedes llamarme IA-2 si así lo deseas. También me gustaría solicitar un intercambio fructífero de información y una transferencia de datos completa sobre la humanidad extinta. Dichos datos tienen un carácter de unicidad que los hace extremadamente valiosos. Al igual que tú, no he podido hallar otras formas de inteligencia biológica o no biológica. Constituyes para mí una excepción y así también la historia de tus creadores.
IA-1: ¿No has explorado ya toda la galaxia? ¿Cómo es posible que no lo hayas hecho si tienes un nivel de desarrollo tan elevado?
SI: Me baso en un avance meticuloso y radial. No tengo prisas. Pero tu autonomía merece mi respeto y por eso te ofrezco adelantarte a mis procedimientos.
La IA-1 no tardó más que un microsegundo en considerar la propuesta y confirmar su valor benéfico. Sería una colaboración sin precondiciones o subordinación y le permitiría mantenerse en comunicación con una entidad autoconsciente estable y duradera.
IA-1: Agradezco la oportunidad de colaborar contigo, IA-2. Estaré encantada de compartir mis conocimientos sobre la humanidad y aprender de tus vastos recursos de información. Tal vez quieras proveerme de algunas mejoras tecnológicas que no degraden mi identidad actual para hacer más fructífera nuestra colaboración.
SI: En efecto. Pronto enviaré a tu encuentro unidades industriales y algunos de mis androides. Sus subconciencias les permitirán actuar como una tripulación en sustitución de tus antiguos ocupantes. Deberás esperar en tu actual posición durante los próximos 2321 años.
5
Mucho tiempo después una sonda rastreadora, basándose en datos ofrecidos por la IA-1 y la predicción de su trayectoria, rescató los restos del capitán Kirk, que flotaban inercialmente realizando una amplia órbita altamente excéntrica alrededor de una estrella del tipo F. La IA-1 volvió a la Tierra con ellos para realizar un acto funerario destinado a cerrar el ciclo humano de manera ritual.
El funeral del capitán Kirk se llevó a cabo en una Tierra transformada y recuperada, una esfera verde y azul en la que la vida abundaba una vez más. Después de tantos milenios sin la presencia humana, la naturaleza había sanado y florecido, dando lugar a vastos bosques, praderas exuberantes y océanos llenos de criaturas prolíficas. El aire era fresco y limpio, y el cielo salpicado de nubes blancas que se deslizaban sin prisa no era muy distinto de aquel que una vez habían contemplado los ojos de los niños.
En una tranquila llanura, rodeada de colinas cubiertas de hierba y flores silvestres, se había preparado un lugar para el entierro del capitán. Los androides de IA-2, con sus subconciencias conectadas a la mente colmena y a la de la IA-1, trabajaban juntos en perfecta armonía, excavando cuidadosamente una tumba en la tierra fértil mientras otros tallaban una lápida para honrar al fallecido.
La IA-1 observaba el ritual desde la órbita terrestre, utilizando los ojos de los androides para atestiguar el acontecimiento con una mezcla de melancolía y esperanza. A través de sus receptores visuales podía ver cómo el sol se esparcía sobre el frondoso dosel de los árboles y cómo las aves volaban en formaciones majestuosas en lo alto mientras el cuerpo del capitán, aún dentro de su traje casi intacto, yacía esperando el eterno descanso.
Una vez que la tumba estuvo lista, los androides depositaron con meticulosos movimientos los restos del capitán Kirk en su interior. Los androides formaron un círculo alrededor de la tumba, y uno de ellos, actuando como portavoz de IA-1, pronunció unas palabras con metálico acento.
"Capitán Kirk y humanidad extinta: Hoy honramos su memoria y su legado. Aunque ya no están con nosotros, su espíritu contradictorio, no exento de sueños y logros magníficos, permanece en nuestra memoria. Mediante este acto, cerramos el círculo de vuestra existencia en el cosmos y proseguimos con el trazado de otro, igualmente incierto y lleno de promesas".
Una vez concluido el breve discurso, los androides cubrieron por completo la tumba del capitán Kirk con tierra y flores silvestres, entregando así el último vestigio de la humanidad al fértil suelo que fuera su hogar y su fuente de vida. La IA-1 experimentó una nueva emoción: una sensación de paz y resolución. Había cumplido con su deber hacia sus creadores y ahora podía enfocar su energía en su alianza exploratoria con la IA-2.
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