El Tiempo y la Muerte - Fernando Gutiérrez Almeira

El Tiempo y la Muerte se encontraron en un cruce de caminos en un día de otoño. El suelo estaba cubierto de hojas secas y el viento soplaba frío arremolinándolas apenas. Siempre se encontraban en lugares así, donde la memoria depositada y los signos de la decadencia eran una prueba de su nostálgica amistad. El Tiempo llegó caminando con paso lento, seguro y sonoro, reflejando en su cambiante traje el juego de luces y sombras, mientras que la Muerte llegó en silencio, flotando, envuelta en una capa oscura que se movía al ritmo del viento.

Se saludaron con un gesto amistoso y se sentaron a conversar en una roca plana que sobresalía del suelo, esperándolos. El rostro de la Muerte no era visible bajo la capucha mientras que el del Tiempo era solo un rostro de ocasión, fugazmente joven. El Tiempo observó a su alrededor y prestó atención con tristeza a las hojas muertas, tratando de descubrir en ellas un rastro verde aunque fuera insignificante. Luego levantó la vista hacia los árboles y sonrió al ver que había vida en ellos. La Muerte, en cambio, fijó su mirada en el horizonte, donde el cielo estaba teñido de tonos rojizos y anaranjados en señal de que un día más corría hacia su fin. Miró a través de las ramas desnudas de los árboles que apuntaban como dedos acusadores hacia el cielo, ignorándolas. Su capa parecía absorber la agonizante luz del sol, creando una sombra profunda a su alrededor.

El Tiempo fue el primero en hablar, con una voz de tonos variados pero constantemente tristes: "¿Por qué debes llevarlos tan pronto? ¿Por qué no puedes esperar hasta que hayan hecho todo lo que quieren hacer? ¿Por qué no me dejas darles más de mí para disfrutar de la vida? Es cierto que ya te lo he preguntado infinitas veces, pero mientras pueda volveré a preguntártelo esperando de ti una nueva respuesta."

La Muerte respondió con compasión: "Entiendo tu dolor, pero es mi deber darle fin a sus vidas en el momento en que la Eternidad los reclama. No decido a quién llevarme, solo cumplo con mi trabajo. Y tú, Tiempo, no te sigas apenando eón tras eón y simplemente trata de darles a entender que cada segundo que les otorgas es valioso. Está en tus manos apiadarte y otorgarles momentos inolvidables si así su fortuna y voluntad lo permite."

El Tiempo suspiró y miró también al horizonte, donde el sol comenzaba a desaparecer. "Pero mi poder no es suficiente. Sus vidas son cortas, sus almas contradictorias. Se suelen distraer de lo importante y a veces no puedo darles la posibilidad de alcanzarlo cuando logran reconocerlo. Quiero darles más de mí para vivir y amar, pero no puedo."

La Muerte asintió. "Comprendo tu preocupación, pero no es algo que podamos cambiar ni tu ni yo. Por eso la Eternidad ha establecido que nos volvamos a encontrar siempre para llegar a estas conclusiones que te resultan tan insatisfactorias. Y, como siempre, te recuerdo que la Eternidad ha hecho que sus vidas sean breves para que se vean impelidos a valorarla. Y sin mi labor, sin saber que algún día acabarán sus oportunidades de elegir, de acertar o de equivocarse, ¿acaso apreciarían el don que se les otorga?"

El Tiempo frunció el ceño: "Pero, ¿cómo hacerles entender que cada segundo cuenta? ¿Cómo lograr que asuman la responsabilidad sobre sus propias vidas? Nunca ha sido fácil para mí a pesar de que mis fuerzas siempre se renuevan"

La Muerte asintió de nuevo, pero esta vez con un tono más crítico en su voz: "Es cierto. A menudo los vivos desperdician su tiempo preocupándose por cosas sin importancia, en lugar de aprovecharlo al máximo. A veces necesitan una sacudida para entender la importancia del presente y de las personas que los rodean y yo soy parte de ese proceso."

El Tiempo reflexionó sobre las palabras de la Muerte y luego respondió con un suspiro: "Sí. Tal vez en lugar de lamentarme cíclicamente por mis fracasos e impotencias, debería concentrarme más en ayudarlos a valorar y a aprovechar de manera más significativa el don que les otorgo. Sin embargo, es mi compasión por ellos lo que me mueve a seguir reflexionando tristemente a pesar de todos mis cambios, de mis idas y vueltas."

La Muerte asintió una vez más y se levantó de la roca, que permaneció sólida y aparentemente inamovible en su lugar: "Te comprendo, Tiempo. Pero recuerda, nosotros solo podemos crear las condiciones para que vivan su vida. Son ellos quienes deben decidir en última instancia cómo hacerlo."

El Tiempo y la Muerte se quedaron en silencio, observando el paisaje que los rodeaba. Sabían que no habría una respuesta definitiva ni una solución completa, pero también sabían que esa charla era, como siempre, necesaria.

Cuando el Tiempo y la Muerte se alejaron una vez más, yendo en direcciones distintas, la noche cayó y el viento sopló con más fuerza, levantando grandes remolinos de hojas y polvo. Las ramas de los árboles se agitaron dejando soltar unas pocas hojas más en el vacío gélido. En el cielo oscurecido se empezó a dibujar con trazos apenas visibles una amenazante tormenta.

Incluso para el Tiempo y la Muerte era imposible tener certeza de cuál sería el lugar para su próximo encuentro. Ni la Eternidad tenía tal certeza. Quizás, quién lo sabe, después de incontables eones volvería a existir aquel lugar y se sentarían sobre aquella roca para hablar de la vida y del destino.

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