La consumación de lo imposible - Fernando Gutiérrez Almeira

La tarde caía lentamente sobre Montevideo, tiñendo de tonos rosados y dorados los cristales de los edificios. El sol se despedía con un beso de fuego en el horizonte, mientras las calles se llenaban de sombras livianas y de luces que se encendían poco a poco en las ventanas y los portales.
En medio de ese ambiente vibrante y lleno de color, una joven caminaba por la acera con el corazón en un puño. Aunque la ciudad vibraba aún, con sus calles llenas de vida, la joven parecía estar ajena a todo ello, inmersa en sus propios pensamientos. Su rostro no tenía una expresión definida y casi no ofrecía pista alguna sobre lo que sucedía en su interior. Apenas podía notarse una vaga melancolía en sus ojos, como si recordara tristemente un lejano pasado velado por trazos de olvido. A medida que caminaba, parecía arrastrar consigo un peso que no podía dejar atrás.
La gente que se cruzaba con ella, casi toda consistente de personas que querían volver a casa luego de un arduo día de trabajo, no parecía notarla, como si fuera invisible en medio del ajetreo último con que el gentío se despide del día y vuelve a encender los televisores, recibir el saludo de las mascotas al llegar y pensar en la cena. Pero la joven no iba de regreso a ningún hogar, sino que caminaba como si lo que buscase tuviera que salir a su encuentro.
A veces, la joven se pasaba la mano sobre el cabello largo y oscuro, como si buscara una especie de consuelo para una versión débil de sí misma en su suave textura. Su piel pálida y tersa parecía reflejar la luz del sol de una manera casi iridiscente. Sus ojos, de un profundo color verde, estaban enmarcados por largas pestañas negras y sus labios, finos y rojos, se mantenían apretados con una decisión en ellos. Vestía una chaqueta negra y unos jeans desgastados que sugerían cierta despreocupación por su apariencia, pero había, por el contrario, determinación en su forma de caminar. Avanzó por la calle Andes y dobló a la izquierda para continuar por la avenida 18 de Julio sin mirar ni un momento hacia la Plaza Independencia.
Las luces de los escaparates aún encendidos se reflejaban en sus ojos, pero ella no prestaba atención a las ofertas ni a los productos que se exhibían. Tampoco parecía inquietarle el ruido esporádico de alguna que otra reja o cortina de acero que señalaba el cierre de los comercios. En su mente, una figura empezaba a tomar forma, saliendo de la pura incertidumbre y adquiriendo los rasgos de un objeto antiguo, robusto y pesado, un objeto que hubiera estado guardado en una bóveda durante años. Aunque aún no podía distinguirlo claramente, la joven se sentía inexplicablemente atraída por esa figura que parecía más una imposibilidad que una posibilidad y, como si estuviera siendo guiada por alguna fuerza invisible, cruzó de una vereda a otra de la avenida.
De repente, se detuvo frente a un escaparate y se quedó allí mirando algo que no parecía que debiera estar allí, en una tienda de venta de zapatos. Era una caja de madera añeja, tallada a mano y cubierta de detalles y adornos intrincados que formaban patrones y figuras que una mirada detenida podría suponer cambiantes, como si tuvieran vida propia. La joven la contempló con admiración y el corazón latiendo con fuerza, como si pudiera ver en ella una respuesta capaz de depositarse en las zonas inconscientes de su mente. Un escalofrío recorrió su cuerpo, indicándole que algo importante estaba a punto de revelarse.
Con un suspiro nervioso, la joven continuó su camino. Aquel cofre no era su objetivo, sino que era una guía para que continuara en la dirección correcta, una dirección que sin embargo ella misma no podía determinar con claridad. Pero algo en su interior le decía que estaba más cerca de su objetivo de lo que pensaba, que la consumación de lo imposible estaba a punto de suceder.
Las luces se hicieron más intensas a medida que avanzaba por la avenida, y las sombras se profundizaron en torno de las luces. Algo oscuro acechaba, algo sin nombre, pero ella no tenía miedo, porque eso era justamente lo que la movía hacia adelante. Al llegar al cruce con Ejido dobló en dirección a la Rambla y apresuró el paso. Por fin se detuvo frente a una casa antigua y majestuosa cuya arquitectura no concordaba con la de los edificios circundantes.
La puerta de madera añeja era imponente, de un tamaño desmesurado que no parecía obedecer a un uso humano, y los patrones tallados en su superficie evocaban crípticas escrituras antiguas. ¿Qué verdades extrañas estarían inscritas en ella? Unas enormes aldabas de bronce en forma de gárgolas destacaban como vigilantes silenciosos, pulidas y áureas, y el marco estaba decorado con figuras que parecían una danza caótica entre ángeles y demonios. A pesar de la apariencia inquietante de la puerta, la joven se sintió atraída hacia ella por un impulso irresistible, como si algo la llamara desde el otro lado. Y, efectivamente, una de las hojas de la puerta estaba entornada, permitiendo vislumbrar una antesala hacia lo desconocido.
Sin mirar atrás, la joven empujó la hoja entreabierta de la puerta y entró en la penumbra. No había nadie allí, pero ella ya lo sabía y sabía también que eso no tenía ninguna importancia. Lo importante es que se acercaba cada vez más al instante en que la consumación de lo imposible se haría realidad.
Después de acondicionar su vista a la pálida luz interior que no parecía provenir de ninguna parte, la joven avanzó como si hubiera estado allí antes aun cuando jamás lo hubiera hecho. Subió a la planta superior de la casa por unas anchas escalinatas de mármol negro mientras su sombra se multiplicaba en geometrías dislocadas sobre las altas paredes. Una vez arriba fue de una habitación a otra mientras el latido de su corazón empezó a invadir el aire espectralmente silencioso que la envolvía.
Las habitaciones estaban llenas de objetos extraños, cada uno con una historia que contar y al mismo tiempo jamás contada. Había una colección de candelabros antiguos en una sala, un piano de cola en otra, y en una tercera, una serie de pinturas que representaban con pinceladas vigorosas escenas trágicas como la destrucción de Pompeya o la caída de Bagdad. Pero la joven no se detuvo ante ninguna de esas reliquias.
Finalmente, llegó a una habitación en la que había una estantería repleta de libros encuadernados en cuero, polvorientos y encajados cuidadosamente en hileras perfectamente alineadas. La joven caminó entre las estanterías, leyendo títulos que nunca había leído antes hasta que un volumen con una inscripción plateada en su lomo llamó intensamente su atención.
Era un volumen enorme. La joven lo tomó con cuidado y lo abrió. Las páginas estaban llenas de letras en un lenguaje que ella no comprendía, pero había algo en las ilustraciones que la dejó sin aliento. Había dibujos de criaturas que parecían imposibles, de mundos que nunca había imaginado. La joven se quedó allí, absorta en la contemplación de esas imágenes, dejando que fueran alterando su mente y preparándola para la próxima etapa de su viaje sin regreso.
La joven sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Había encontrado lo que estaba buscando. Con lágrimas en los ojos, dejó el libro sobre la estantería y salió de la habitación. La consumación de lo imposible había comenzado ante sus ojos absortos. Y eso era algo que solo ella podía sentir, algo que solo ella podía entender.
La joven salió de la casa y halló, sin sorpresa, que todo había cambiado, que Montevideo ya no estaba allí. Al cruzar la puerta se encontró en otro mundo, lleno de colores que se licuaban unos dentro de otros y sonidos que no indicaban su origen. Todo parecía sometido a un delirio planeado, pero ella, como si su mente hubiera empezado a mutar, podía descifrar la racionalidad escondida en ese absurdo. El esfuerzo cambiante de su mente le produjo un leve mareo, y luego una marejada súbita de sueños vívidos a pesar de seguir con los ojos abiertos. Esos sueños se mezclaron con las absurdidades de ese mundo, abriéndole un camino que ascendía frente a sus pies.
Avanzó por el sendero, que parecían torcerse y retorcerse a su alrededor. Presencias sin forma, indefinidas, sombras que se movían en los márgenes de su visión parecían seguirla de cerca mientras la joven proseguía. No dejó jamás de caminar ni intentó evitar las presencias que la rodeaban y que, por momentos, se acercaban a ella como si quisieran tocar su piel con dedos invisibles. Siguió adelante guiada por un impulso interior al que no podía renunciar. Sabía que había algo esperándola al final del camino, algo que estaba destinado para ella.
A medida que avanzaba, la joven notaba que las presencias a su alrededor se volvían más intensas, más reales. Un manto de oscuridad la envolvió de pronto pero aun así pudo ver a su alrededor, con una claridad que ahora salía de sus ojos y le permitía atravesar las tinieblas.
Después de un tiempo incalculable las tinieblas se apartaron y la joven se halló en una plaza que albergaba estatuas de dioses anteriores a la existencia misma del tiempo. En el centro de la plaza se erguía un monumento que se elevaba hacia alturas inalcanzables. No era una estructura hecha de materia sino de energía condensada y atravesada por dimensiones sobrenaturales. Había espirales incontables en ella que bajaban hacia lo infinitesimal y se extendían girando interminablemente hacia lo infinito.
La joven caminó hacia el monumento, maravillada por la complejidad de su diseño. Cada detalle parecía evocar en ella una emoción distinta, un pensamiento nuevo. Había figuras de animales desconocidos esculpidas en la superficie, cada una con su propia expresión y postura, congeladas todas, inmóviles.
La joven sintió que el monumento la llamaba, la atraía de manera incontenible. Cuando llegó al pie de la estructura, sintió que algo se removía en su interior, ansioso por fusionarse con sus deseos. Era algo que había estado dormido dentro de ella durante mucho tiempo.
Lo definitivo ocurrió allí, al pie del monumento. La joven dejó atrás, en un proceso de filtración y de exudación simultáneos, su naturaleza humana. Fue sacada de su piel y arrojada a una dimensión diferente, una que estaba fuera de las leyes de la física y de la lógica y donde ella logró que su mente fuera definitivamente libre. Su último acto de humanidad fue pensar, en éxtasis, que para ella se había consumado lo imposible.
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