Me recuerda - Fernando Gutiérrez Almeira

Dedicado a Beti Jaureguizar
No puedo decidir. Hay ocasiones en las que quiero que me recuerde y otras en las que quiero rogarle que me olvide. Pero ninguna de las dos alternativas me convence. Si me olvidase, si acaso pudiera olvidarme, ¿cuán grande sería mi dolor? ¿Cómo podría soportarlo? Pero si persiste en recordarme tendré que seguir viéndola llorar en la oscuridad, o bajo la luz de la lámpara de mi escritorio, cuando vuelve a mirar mis últimos bocetos, o en cualquier otra parte de la casa, porque su llanto no llega con horario o lugar fijo y los recuerdos se filtran azarosamente en la delicada textura de su mente. El hecho terminante es que me recuerda y yo todavía no estoy dispuesto a que me olvide.
Si mira por la ventana, con el café de la mañana en la mano y los ojos entre el mundo real y el de la memoria, camino hasta el portón mientras busco la llave. Nunca me acuerdo, tan desordenado como soy, de cuál es el bolsillo donde las guardé. Después de unos cuantos intentos las encuentro en el bolsillo interior del saco. Cuando tintinean entre mis manos ella mira más atentamente en la memoria y se aleja un poco más de la realidad. Me ve abrir el candado, luego cerrarlo, el mismo gesto siempre. Cuando me giro y empiezo a caminar hacia la casa por el sendero de piedra laja bordeado de hortensias, la miro y ella no logra verme nunca, se queda ensimismada y me desvanezco.
Sentada en la mesa del comedor para el almuerzo no baja la mirada lo suficiente como para ver la comida que se lleva a los labios y apenas adivina su sabor. Por el contrario, no tarda en mirar hacia la silla vacía donde solía ubicarme desde que nos casamos. Su memoria me hace apartar la silla de la mesa evitando que roce ruidosamente el piso. Me pongo a almorzar con ella, pero sin acompañarla, dejando que mi silenciosa manera de comer le devuelva a la cara una tenue sonrisa que no tarda mucho en desaparecer. Desperdicio servilletas, como siempre. Y me sirvo la limonada de la jarra con un gesto brusco que a veces me hace volcar un poco. Ella quisiera decirme otra vez que tenga más cuidado al servirme pero en lugar de eso se decide a terminar rápido y levantar la mesa. Después de dejar la vajilla en la mesada y fregar la mesa con un repasador, me deja ir sin mirar atrás.
Cuando está triste y cree que no está lo suficientemente triste se sienta frente al piano y toca para mí. Siempre le dije que prefería los nocturnos de Chopin y ella se esmera con sus manos demasiado blancas de no salir a tomar sol. Me siento en el sillón que colocamos entre el piano y la chimenea. Puedo volver a sentir el crepitar de las llamas y el calor que inunda la habitación. Escucho atento, siguiendo con la vista el movimiento de sus dedos. Cuando termina una pieza, mira hacia donde yo debería estar, esperando ese comentario mío juguetón y fuera de lugar, pero no me ve y permanezco en silencio, tratando de ser al menos una niebla o un fulgor. No tarda en hacer caer suavemente la tapa del piano después de empezar la tercera pieza, que siempre queda inconclusa. No puedo levantarme e ir hacia ella. Me quedo sentado y me voy apagando junto con las brasas, hasta confundirme totalmente con la oscuridad.
Hace mucho que no sale al balcón en verano. Perdió totalmente el interés o aún peor, tiene miedo de correr las cortinas y ver el atardecer. La última vez que salió al balcón el cielo estaba totalmente despejado y el sol moría suavemente sobre el mar. Apoyó las manos en el barandal de roble y quiso verme de nuevo junto a ella. Lo intenté. Intenté rodear su cintura esperando que ella me devolviera el gesto y nuestras miradas paralelas se llenaran de luz. Intenté acercar mi mejilla a la suya, intenté hacerle notar mi presencia con el recuerdo de un beso, y en lugar de acompañarla la herí más, la dejé con la piel fría y unas ganas inmensas de llorar. Las lágrimas surcaron su rostro, sus labios temblaron, su pena afloró como el agua de un cántaro roto. No la pude consolar, no pudo ver ni una brizna de mí ser. Solo quiso morir pero luego el llanto borró su intención y secándose las lágrimas recuperó un poco de las fuerzas que el atardecer le había quitado y entró de nuevo a la casa. Nunca más abrió las cortinas, nunca más volvimos a ver juntos el atardecer.
Cuando duerme no me atrevo a recostarme junto a ella en el espacio vacío que dejé. Sentado en el borde de la cama como si estuviera preparándome para dormir, la miro descansar de los desgastados recuerdos con los que persiste en afligirse para no traicionar nuestro amor. En raras ocasiones estira el brazo, tratando de aferrarme en sueños, pero el gesto es inútil, pues de mí solo tiene una ausencia recostada sobre el lado nunca destendido de las sábanas. Ruego que no la despierte mi ausencia, pero también ruego que no me suelte, que me ate un poco más. Tengo miedo de dejarla y hundirme en la nada, sin recuerdos ni esperanzas. Pero no la quiero hacer sufrir.
Algún día me pararé como lo hace ella, frente a la ventana, con un café recién hecho, y la veré avanzar por el sendero en dirección a la casa, distendida, serena y sonriente, acompañada por alguien más. Podré escucharla reír nuevamente, podré verla de nuevo caminar con pasos seguros, hablando de mañana y de pasado mañana. Le veré despedirse de su nuevo amor con un beso en los labios, sellando con ese beso una promesa y no solo un adiós. Dejará la cartera sobre la mesa, se mirará al espejo para estar segura de haber lucido bien y luego empezará a hacer planes. No podré llorar, ni reclamar nada, ni dejarle sentir mi presencia.
¡Ni siquiera un hijo pudimos tener, ni siquiera un viaje lleno de fotografías pudimos realizar! Ella tendrá una nueva oportunidad de vivir y yo me retraeré hacia mi segunda partida, la más necesaria de todas.
O quizás no. Quizás algún fragmento mío vuelva a escapar de alguna caja abandonada en un apartado rincón. Tal vez ella levante una vez más una foto mía, llevándole un poco de luz con sus ojos y apartándola brevemente del polvo y el olvido. Tal vez todavía pueda hacerme existir un instante fugaz que para mí será una eternidad.
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