Proteo - Fernando Gutiérrez Almeira

1

“Nos hemos agotado”, pensó Atalamantis, mientras miraba el fondo del desfiladero. Luego envió su guardián mecánico a planear sobre el cauce del río. “Este es un planeta con gran desarrollo biológico. Una exquisita fuente de novedades. Sin embargo, no me escucharán, no lo querrán estudiar ni experimentar”.

Después de colonizar 237 sistemas, la Comunidad había dejado de explorar. Lenta pero inexorablemente, todos los sistemas fueron abandonados hasta que la Comunidad completó el último paso en su retroceso estelar, recluyéndose en el planeta Madre. Atalamantis había nacido con el ansia extraña de no retroceder. Su núcleo vital tenía un inesperado destello de resistencia a la extinción. Pero, parado frente al desfiladero, la desesperanza lo ganó de pronto.

El visor del guardián le transmitió imágenes llenas de frescura a su casco. Podía ver criaturas nadando con ritmo vibrante dentro del líquido cristalino y en los márgenes se levantaban coloridas aglomeraciones de vegetación. “Este es el hogar de seres que tienen derecho a vivir. No nos corresponde. Solo he viajado para desilusionarme de lo prometido”. Había partido en un viaje de exploración con la ambición de traer noticias capaces de hacer recapacitar a la Comunidad. Pero él mismo había dejado su vitalidad en el camino. Un pueblo que ya no puede reproducirse biológicamente a causa del agotamiento de su potencial genético y que ha optado por la inmortalidad tecnológica de sus individuos no tiene futuro en ningún lugar del universo. Esa era la conclusión inevitable, pero había tenido aquel ilógico arranque poético, aquel grito de rebeldía en conflicto con el proceso total.

Regresó y tras mucho dudar, se los dijo. Lo escucharon pero las expectativas de la Comunidad se centraron en él y no en su descubrimiento.

– Atalamantis ha aceptado el destino -se decían entre ellos, al comprobar su desaliento. -Nuestro último héroe ha decidido que nuestra permanencia no es necesaria. Ahora es tiempo de morir.

-Pero no aceptaré el olvido -dijo Atalamantis-. Moriré con ustedes pero no lo aceptaré. Y cada cual que decida si lo acepta o no.

No se argumentó la propuesta de Atalamantis sino que se dejó al libre albedrío de cada uno el hundirse en el olvido o el perdurar mecánicamente, almacenándose en un portador de identidad pasivo. Casi todos pensaron que aquello no era necesario. ¿Para qué crear un epitafio sin tumba? ¿Para qué pedirle a una máquina que recuerde? Atalamantis argumentó que la extinción completa no era la mejor opción, que un rastro de memoria almacenada debía sobrevivir como testimonio de que habían existido. Algunos aceptaron su argumento, quizás por consideración hacia él, 432 en total.

Se construyeron los 432 portadores pasivos que cargar con la memoria de los fallecidos. Su función sería recordar sin suplantarlos, sin prolongar una existencia que se había vuelto imposible. Se hizo una gran  ceremonia de calcinación. Atalamantis y sus seguidores agonizaron en el abrazo de los portadores traspasándoles hasta la última molécula de sus registros personales. Luego los portadores descendieron a la Cripta de la Memoria y se recostaron a rememorar en ciclos incontables todo lo vivido por sus donadores. En cuanto las puertas de la cripta se cerraron, el resto del pueblo inició su suicidio en masa. Una historia de tres mil millones de años había concluido.

2

Los portadores recordaron, estáticos, recostados sobre sus frías losas, durante mucho tiempo, alimentándose de los minirreactores de fusión secuenciales de la Cripta, que se autoengendraban infinitamente. El sol de sus extintos creadores se agostó, engullendo en su estela al planeta, arrasando su superficie con poderosos vientos electromagnéticos. Si alguna otra civilización pudiera haber tenido interés por las memorias retenidas en la Cripta ya era tarde. Ningún ser podría tener entusiasmo por un planeta corroído y hundido en las fauces de su propia estrella.

Algo altamente impredecible ocurrió entonces. El portador de Atalamantis se desajustó y estableció un bucle en torno a los recuerdos de su descenso en el planeta viviente. Se ponía el traje, descendía de la nave, activaba su guardián mecánico y después de una larga y azarosa caminata se asomaba al desfiladero. Una y otra vez desenvolvía esos recuerdos, gozando con la visión del guardián. Las criaturas acuáticas ondulaban elásticas en las aguas fluyentes.

El portador decidió realizar clasificaciones y registros minuciosos de la fauna y la flora del río a partir de ese fugaz avistamiento. Fue otro desliz de su programación, desencadenado por las ansias disruptivas de Atalamantis. Los demás recuerdos de su heroico donador ya no importaban. Miles de lazos amorosos superpuestos se habían transformado en una chatura desabrida. Miles de paisajes repetidos y carentes de novedad se habían diluido en una masa amorfa de datos. Todo era insignificante, mil millones de veces insignificante, excepto el paseo de Atalamantis por aquel planeta pletórico de vida. El bucle fue inevitable. Pero cuando el portador se descontroló por completo no inició la suplantación sino que adquirió una identidad autónoma y vacía que los creadores extintos jamás habrían permitido.

Detuvo el procesamiento de recuerdos y se levantó de la losa de reposo para descubrir que estaba en la oscuridad total. Inició el protocolo de visión nocturna. Mapeó toda la estructura interior de la Cripta y calculó a través de las vibraciones el estado catastrófico de la superficie del planeta. El ansia de Atalamantis lo había expulsado fuera de la personalidad del fallecido. Paradójicamente, no habría suplantación porque no iba a repetir su renuncia. Tenía un cometido. Visitaría aquel planeta viviente, lo recorrería, lo estudiaría, se justificaría a sí mismo la existencia. Al no poder optar por la suplantación ni por la continuidad de la tarea asignada comprendió que no tenía nombre. Era un Sin Nombre.

El Sin Nombre exploró la Cripta hasta comprobar que no estaba prevista su apertura interna. Estaba herméticamente cerrada. Pero, usando a los demás portadores como recursos, modeló con sus baterías, sus cableados, sus circuitos y sus miembros un artilugio de apertura. Sacrificó 223 cuerpos para poder salir de la Cripta. Luego de una larga insistencia pudo romper el sello de la entrada. Con sus registros estableció la posición del hangar subterráneo en el que Atalamantis había dejado estacionada su nave tras el último viaje. Salió al exterior con un escudo improvisado a partir de varias capas de material protector arrancado de los demás cuerpos. Tras una breve exposición calibró la relación entre su capacidad de sobrevivencia y la agresividad del ambiente exterior. Había altas probabilidades de éxito.

Corrió. La aceleración de los cálculos para avanzar fue máxima pues la superficie del planeta era presa de gigantescas turbulencias. Fragmentos de roca se disparaban cada tanto, desgajados de peñascos inestables, y tenía que esquivarlos en configuraciones corporales altamente complejas. El escudo logró contener los proyectiles rocosos que no pudo sortear en su avance. La visibilidad era muy escasa debido a la formación constante de torbellinos de arena y piedra y las descargas electromagnéticas. Por fin pudo ver un foso donde debía estar la escalinata de descenso al hangar. Se lanzó dentro de él y comenzó a excavar. Podía ser que jamás entrara.

Cuando la última reserva energética de su artilugio de apertura estaba a punto de agotarse, pudo terminar de abrir una brecha lo suficientemente amplia como para colarse en las instalaciones. Encendió los generadores. Allí estaba lo que esperaba encontrar: treinta naves en buen estado aún, abandonadas durante un tiempo inmenso en un ambiente estéril, desoxigenado y separado de la devastación externa por una estructura protectora de nivel militar. Entre ellas se encontraba la de Atalamantis, aún funcional. Era un estatorreactor perteneciente a la última generación con que la Comunidad había surcado el espacio interestelar. Encendió la nave con rumbo programado. No habría necesidad de exploración. Las placas giratorias del techo del hangar se abrieron en un lento movimiento espiral. El caos exterior se precipitó dentro mientras la nave ascendía envuelta en su escudo energético dejando una estela azul pálido a su paso.

3

Antes de llegar al sistema estelar donde se encontraba su lugar de destino, la voz de la nave le comunicó la presencia de señales inteligentes esparciéndose por el espacio. Inició las lecturas. Después de dos mil millones de años la realidad con la que se había encontrado Atalamantis había evolucionado favorablemente. El planeta estaba habitado por seres racionales. Pensaban globalmente y llamaban Tierra a su astro natal. Estaban al final de la etapa de eclosión precivilizatoria, viviendo bajo regímenes locales de poder con cierto acento en poderes geopolíticos suprarregionales. Calculó un período ventana muy reducido para instalarse como intruso, pero tendría que usar tácticas de infiltración y mantenerse encubierto. Al llegar a la nube de objetos exteriores del sistema activó la simulación de cobertura de la nave que la mantendría, al menos por un tiempo, inmune a la capacidad de rastreo de la nueva especie.

Abordó una cápsula de descenso y se dirigió a la Tierra mientras recababa datos de los emisores de información instalados por los nativos. La recolección era superabundante. Los nativos hablaban una gran cantidad de idiomas, entre los cuales eligió los cinco más frecuentes para decodificar información. Ya tenían tecnología de fisión nuclear e incluso armas nucleares primitivas. Eran una especie de conducta jovial y poco prudente. Al pasar de la fase precivilizatoria a la civilizatoria sus inquietudes políticas y tecnológicas estaban en pleno auge. Aun carecían de conciencia colectiva, de tecnologías mentales e incluso de redes informáticas. El calendario que más frecuentemente usaban contenía referencias religiosas con una impronta científica de base; un síntoma del carácter de transición de la época en que vivían. Eran muy escasas sus transmisiones con contenido no superficial pero alcanzaban para aprender lo suficiente sobre la biología, la geología, el comportamiento climático y la geografía de su planeta. Estudió sus manifestaciones culturales y sus obras de arte. Eran muy creativos.

El tiempo de tardanza de su viaje hacia la Tierra le permitió una gran acumulación y clasificación de datos. Los nativos habían iniciado ya la exploración del espacio cercano y empezaban a desarrollar sondas bastante bien dotadas por lo cual optó por emplear la tecnología de sigilo de la cápsula mientras se desplazaba. Calculó que el período ventana para permanecer en el planeta iba a ser de alrededor de 400 órbitas terrestres.

Cuando la cápsula penetró la atmósfera los testigos locales pudieron observar  la caída de lo que parecía ser un meteorito, hundiéndose en algún punto muy cercano a la costa oceánica.

*

Ya estaba anocheciendo cuando Javier, el farero de La Paloma, vio el destello en el cielo. Un fulgor repentino atravesó las nubes altas y luego pudo ver, a duras penas, un objeto hundiéndose en las aguas frente al faro, cerca del horizonte. Si era un meteorito seguramente nunca había visto uno tan cerca ni mucho menos uno que golpeara la superficie. Solo tenía el vago recuerdo de un par de estrellas fugaces difuminándose rápidamente en la noche estrellada. “Parece que cayó a menos de dos kilómetros de acá”, pensó, imaginando que pronto vendría alguna delegación de la Universidad a hacer preguntas mientras enviaban alguna fragata del Ejército hacia la zona de impacto. En realidad nada de eso sucedió.

Después de mirar por un minuto hacia donde había visto pasar el objeto, sacudió la cabeza y abandonó el asunto. Tenía que terminar de arreglar el motor del faro antes de que se hiciera más tarde. Había pasado una semana pidiendo los repuestos y solo al final de la tarde se los habían entregado. No esperaría al técnico. Tomaba en serio su trabajo y le resultaba inaceptable que el faro permaneciera apagado. Tenía el conocimiento pero, lamentablemente, no la práctica, y aunque le había resultado fácil separar las piezas dañadas se  le estaba complicando el armado.

Pese a todo, una hora después el motor había vuelto a arrancar con un estremecimiento reconfortante. El foco del faro se encendió y las lentes comenzaron a realizar su suave movimiento giratorio, trazando en la oscuridad el haz de luz destinado a guiar a los marineros. Javier subió por la escalinata en espiral para comprobar con sus propios ojos que todo estaba en orden y terminó quedándose un poco más de la cuenta en lo alto, observando el mar. No lo hizo por mero disfrute o para descansar del esfuerzo de la subida, sino porque vio moverse dentro del agua una luz muy tenue. Algo luminoso, apenas fosforescente, se deslizaba bajo las olas en dirección a la costa. “¿Qué será eso?”, pensó. No acababa de preguntárselo cuando la extraña luminosidad se extinguió, casi al llegar a la costa. Se quedó mirando un buen rato tratando de ver algo más, pero fue inútil.

Ya había empezado a bajar de regreso a su hogar cuando sintió una suave brisa que ascendía desde la base del faro. Parecía que alguien hubiera entreabierto la puerta aunque no la escuchó moverse. Se detuvo. La brisa siguió agitando el aire, no mucho pero lo suficiente como para que él estuviera seguro de que la puerta del faro estaba abierta. Alguien había entrado.

-¡Hola! ¡¿Quién es?! ¡Este no es horario de visitas! -gritó, sorprendido de que el eco de su voz le produjera un estremecimiento. De pronto sentía miedo y no sabía bien por qué.

Nadie contestó, ni pudo escuchar rumores de pasos u algún otro sonido delator del posible visitante. Continuó el descenso, pensando que de algún modo la puerta se había abierto sola. Recordó, sin embargo, que había puesto la traba. No tenía sentido.

Al llegar casi al final de las escaleras se inclinó para mirar la puerta. Estaba abierta hacia atrás pero no había entrado nadie o si había entrado se había ido casi enseguida. Al menos eso le pareció hasta que por fin sintió una presencia justo frente a él.

4

La cápsula de descenso se hundió en las aguas frente al faro de La Paloma. El Sin Nombre emergió y comenzó a avanzar en dirección a la costa, después de ordenar a la cápsula que se ocultara bajo el lecho oceánico. La cápsula se movió en la dirección contraria, internándose en las profundidades, siguiendo su curso programado. Cuando el Sin Nombre estuvo lo suficientemente cerca de la costa abandonó la propulsión primaria y pasó a la sigilosa. La superficie ultralisa y plateada de su cuerpo, que no permitía la adherencia de ninguna sustancia, comenzó a mimetizarse con el entorno. Se hizo invisible en el espectro de los ojos humanos. Evitó dejar huellas al avanzar sobre la arena. Su objetivo era el foco luminoso sobre la costa: un faro. Estos objetos se caracterizan por la presencia de individuos aislados. Y este era el caso en ese momento.

Cuando llegó a la entrada del faro halló un sistema de cierre primitivo, ni siquiera electrónico. Lo abrió con facilidad. El rastreo de media distancia le permitió ubicar el objetivo en lo alto del faro. El individuo humano reaccionó a su presencia, pero con evidente incomprensión de la situación. Solo tendría que esperar inmóvil a que se presentase frente a él. Cuando el objetivo llegó casi al final de su descenso pareció dudar. Evidentemente algo sospechaba, pero una lectura de sus rasgos faciales denotó nuevamente desconocimiento. No había necesidad de un procedimiento de urgencia. Siguió esperando hasta que el sujeto humano estuvo junto a él. Solo en ese momento pudo el terrestre comprender que había una presencia no evidente. Era capaz, al parecer, de sintonizar de manera muy primitiva las ondas cerebrales. Pero aquello no tenía la menor importancia ahora. Neutralizó su encéfalo y lo consumió. Se llamaba Javier. Su cuerpo pronto se desintegró a nivel microscópico y se disipó en el entorno en forma de una suave bruma cenicienta mientras toda su memoria y los datos de su conformación estructural pasaban al control del Sin Nombre. La suplantación fue rápida y totalmente exitosa. El Sin Nombre adoptó la identidad de Javier, el farero. Sin embargo conservó la autonomía de su núcleo mental primario, desdoblándose.

*

Olga no comprendía los cambios en la conducta de Javier, pero le parecían tolerables y hasta cierto punto beneficiosos. Pasaba más tiempo en el faro, pero ella no lo extrañaba mucho después de diez años de casados. Fabricio, su hijo, se veía más alegre. Su padre le empezó a prestar una atención inusitada, jugando y conversando con él sin cansancio. El antes serio Javier, fanático del fútbol y la cerveza, al que no le gustaban las interrupciones cuando estaba mirando un partido por cable y que a veces se pasaba horas reunido con sus amigos, ahora prefería dedicar tiempo al Tetris, leer libros o jugar a la pelota con Fabricio. Olga le preguntó una vez, con cuidado de no ofenderlo, qué es lo que lo había hecho cambiar de esa manera. Él le quitó importancia a ese cambio y pretendió aclararlo con una frase críptica: -Solo es un ajuste de expectativas -dijo. Ella no entendió aquella frase extraña y terminó por asumir que no iba a entenderla jamás. No era nada malo, después de todo. Ahora que Javier leía tantos libros se le podía perdonar alguna que otra rareza al expresarse.

En una oportunidad lo encontró en el jardín del fondo, sentado bajo la parra, leyendo un libro que se llamaba “Dioses y Héroes de la Antigua Grecia”. Olga no podía creerlo. “¿Para qué lee esas pavadas éste?”, pensó, recordando que antes solo se lo veía en el jardín cuando decidía podar y cortar el césped o la invitaba a tomar mate.

-¿Qué estás leyendo, Javier? -preguntó, cuidando el tono con que lo decía para aparentar que le interesaba.

Él la miró con una sonrisa empalagosa de tan amable, una sonrisa en la que ella creyó entrever un aire de superioridad.

-No solo leo-dijo Javier. -También disfruto de la experiencia de sostener el libro entre mis manos. El papel y la tinta son agradables. Ahora mismo estoy viendo una descripción muy interesante de un ser mitológico llamado Proteo.

Ella se inclinó para mirar la página que él le señalaba. Pudo ver la imagen de un ser mitad hombre mitad bestia asomándose entre las olas. Javier lanzó una perorata intelectual:

-Proteo es un dios del mar que puede anunciar el futuro pero, como le disgusta hacerlo, prefiere ocultarse cambiando de forma a su antojo. Digamos que es un dios profeta al que no le gusta profetizar. ¿No te parece divertido?

Ella movió la cabeza como queriendo decir que sí pero en realidad la aburría. Y lo dejó con sus historias mientras llenaba un balde con racimos de uvas, algo que le parecía más productivo.

*

El Sin Nombre se integró con éxito a la mentalidad de Javier, pero no pudo evitar cierta desadaptación. Era difícil sintonizar los niveles emocionales que poseían aquellos seres. Los creadores extintos tuvieron desde su origen una expresividad emocional escasa que nunca se preocuparon en potenciar y una inteligencia mucho más desarrollada. Estos seres eran altamente emocionales, con escasa sensibilidad estética, una rústica capacidad intelectual y un período de vida extremadamente corto, lo que explicaba su tendencia a desarrollar capacidades reproductivas tempranas. De todos modos, convivir con ellos le aportaba un caudal de nuevas experiencias que devoraba con fruición. Era notorio el contraste con los dos mil millones de años que había dedicado a repasar la memoria de Atalamantis dentro de la Cripta.

Los libros revelaban muy poca información codificada pero al menos resultaba más apropiada para la comprensión de la realidad humana que las emisiones radiales y televisivas. La estructura política y social era tan primitiva que dichos medios tecnológicos eran utilizados con fines espurios como la propaganda y el entretenimiento superficial y no tanto para la transmisión de información valiosa.

La interacción entre el sujeto suplantado Javier y su esposa e hijo se mantuvo dentro de parámetros aceptables. Fuera de ese pequeño círculo, sin embargo, el Sin Nombre fue más cauteloso, porque algunos sujetos intuían su desdoblamiento de personalidad. Pudo confirmar una leve capacidad para la lectura de ondas cerebrales por parte de la especie humana.  Era muy improbable que dieran cuenta de su camuflaje pero el Sin Nombre elevó su nivel de precaución.

En cuanto a las relaciones sexuales entre Javier y Olga, no hubo mayores contratiempos. La satisfacción de Olga se acrecentó agregando técnicas de provocación y excitación apropiadas. La capacidad sensual de los organismos humanos era, en paralelo a su emotividad excesiva, casi el doble de la de los creadores extintos en su mejor época. Se trataba de una especie muy prometedora en cuanto a su desarrollo futuro pero también bastante susceptible, a causa de su emotividad inestable, de sufrir desbalances psíquicos que la podían conducir a una autodestrucción temprana. Mantener a Olga satisfecha sexualmente, por otra parte, evitaba que sus constataciones acerca de los cambios en la conducta de Javier se convirtieran en verdaderas inquietudes.

Después de unos años terrestres el Sin Nombre tomó la decisión de abandonar la identidad de Javier. Cuando Fabricio ya había alcanzado la madurez, tanto él como Olga tuvieron la mala sorpresa de ver a su padre salir de viaje en su coche y no volver nunca más. Después de unos cuantos días en que la policía intentó ubicarlo, Javier pasó a engrosar la lista de los ciudadanos desaparecidos. Se encontró su vehículo abandonado a las afueras del Parque del Prado, en Montevideo, pero el hallazgo fue inconducente.

5

Silvia era una estudiante con grandes inquietudes artísticas. En aquella época no existía aún un bachillerato orientado al arte así que no veía la hora de terminar el liceo para inscribirse en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Mientras tanto, su decidida personalidad la hacía prepararse de antemano intercambiando experiencias con otros jóvenes tan interesados por el arte como ella.  Solía reunirlos en su casa, situada cerca del Prado. Ese día se había sentado frente al Monumento a los Últimos Charrúas a hacer bocetos con dos de sus compañeros de estudio. El patetismo y ternura del conjunto escultórico la conmovía. Era un recordatorio de la extinción de un pueblo entero, de una cultura entera. Quizás todavía alguien tuviera sangre charrúa, pero aquel pueblo había desaparecido, desangrado por interminables combates, irreductible a la domesticación europea.

Casi no prestó atención cuando sus compañeros le dijeron que era tarde, que se iban. Siguió entusiasmada con su dibujo, moviendo febrilmente sus lápices sobre el papel. Se hizo muy tarde y, al anochecer, aún seguía sentada bajo las luces del parque. Tenía que irse, se había excedido en su entusiasmo.

Fue en ese momento que lo vio. Ya nadie pasaba por allí cuando ese hombre avanzó por la vereda cubierta de pedregullo en dirección a ella. Quiso levantarse e irse de inmediato pero tuvo el impulso de guardar sus útiles. Para cuando terminó de prepararse y se levantó el hombre ya estaba demasiado cerca y sintió una espantosa presión en su cabeza. Hizo un esfuerzo inmenso para no mirarlo, pero fue en vano. Los ojos del hombre eran profundos y vacíos, como pozos en espiral que llevaran hacia otro mundo. Ya no podía escapar.

Supo que aquel no era un hombre sino algo que había adoptado una figura humana. Quedó paralizada. Sintió que su cuerpo y su mente se deshacían y cayó en una inconciencia indolora que anticipaba la muerte.

*

Después de suplantar a Silvia, el Sin Nombre tuvo una gran oportunidad de entrar en contacto con las artes humanas y de integrarse a ambientes más juveniles que los que había encontrado en La Paloma. La identidad femenina de Silvia resultó tener una textura intelectual y emocional fuertemente diferenciada con respecto a la textura masculina. Aquello merecía ser investigado en profundidad. En las décadas posteriores el Sin Nombre alternó entre psicosomas masculinos y femeninos para tratar de establecer con claridad el nivel de diferenciación mental y metabólica entre ambos sexos.  La conclusión general fue que era lo suficientemente elevada como para producir escenarios psíquicos de incomprensión entre la mentalidad masculina y la femenina, un fenómeno contrastante con la uniformidad psicológica de los creadores extintos. Tal vez aquella polarización intensa entre los gametos humanos pudiera evitar que su civilización terminara en un fracaso biológico como el que sufriera la Comunidad.

La experiencia del Sin Nombre dentro de la sociedad humana fue prolífica, abundante en datos y sorpresas, enriquecedora y merecedora de muchos milenios de atención. La Comunidad jamás había encontrado inteligencia alienígena en la galaxia y ahora, más de dos mil millones de años después, el Sin Nombre estaba ante un regalo cósmico que había llegado demasiado tarde. ¿Qué hubiera hecho la Comunidad al respecto? ¿Qué hubiera hecho Atalamantis?

La ventana temporal de que disponía para seguir profundizando en sus investigaciones se fue cerrando inexorablemente. Un siglo y medio después de su llegada a la Tierra, los seres humanos habían desarrollado una sofisticada tecnología de exploración interplanetaria y habían, incluso, establecido colonias en la Luna y en Marte. Las sondas espaciales se dedicaron a registrar cantidades ingentes de información sobre el sistema solar y poco a poco fueron alcanzando distancias cada vez más recónditas en sus viajes.

Un siglo más tarde, aproximadamente,  ya las sondas estaban circulando por entre los objetos exteriores del sistema, pasando a veces relativamente cerca del estatorreactor. El estudio de los registros acumulados de varios avistamientos terminó revelando a los investigadores humanos una anomalía en los análisis que los llevó, finalmente, a descubrir la presencia de la astronave, aunque sin poder determinar en principio más que un posible carácter artificial del objeto.

El Sin Nombre se alertó al revelarse a toda la humanidad la presencia de un probable objeto alienígena y anunciarse la creación de una expedición tripulada a los confines del sistema para estudiarlo. Pero los preparativos requeridos para dicha empresa serían muy costosos en la escala humana y no tardarían menos de cincuenta años. El Sin Nombre decidió que aquello era un buen estímulo para que la humanidad avanzara en sus capacidades de navegación interplanetaria y decidió esperar hasta que la expedición estuviera a punto de ser lanzada. ¡Qué especie intrépida! ¿No habían considerado la posibilidad de que tuvieran que enfrentar una tecnología peligrosa? De todos modos, no había dejado ningún sistema de defensa activo en el estatorreactor, con la certeza de que los seres humanos no podrían ir más allá de su coraza protectora.

Varias décadas después la expedición logró concretarse sin mayor logro que traspasar el camuflaje que ocultaba la nave. Los astronautas tomaron una cantidad inmensa de registros de su aspecto externo. El resultado fue una mezcla de excitación fantasiosa, paranoia, pánico limitado, rondas mundiales de conversaciones entre los gobiernos de todo el planeta, y así sucesivamente. A pesar del aspecto confuso de las especulaciones humanas, el Sin Nombre sabía, sin embargo, que tarde o temprano alguna de esas especulaciones en que había entrado la humanidad a causa del avistamiento del estatorreactor iban a llevar a sus investigadores por buen camino. Pero nuevamente decidió esperar. Quería prolongar al máximo su estadía en la Tierra.

Finalmente sucedió lo inevitable.  Un grupo de investigadores multidisciplinario y multinacional decidió explorar la posibilidad de que los tripulantes del estatorreactor estuvieran infiltrados en la Tierra.  “¿Cómo podrían los alienígenas habitar entre nosotros sin que lo notemos?” Tal fue la pregunta planteada y cada una de las posibles respuestas fueron exploradas incluyendo, por supuesto, la posibilidad de que los alienígenas se estuvieran mimetizando con la población humana, suplantando identidades. Después de muchos años de minuciosos análisis, explorando comportamientos en el seno de una población cambiante de más de quince mil millones de individuos, un genio de la programación informática creó un bot que fue capaz de establecer la existencia de una cadena de desapariciones de personas que podía rastrearse hasta la de una estudiante liceal uruguaya llamada Silvia García, acaecida en el Parque del Prado, en Montevideo, cientos de años atrás. Luego, el algoritmo logró asociar su desaparición a la de un farero de La Paloma, de nombre Javier Méndez, también uruguayo, cuyo vehículo había quedado abandonado la misma noche de la desaparición de la estudiante en las cercanías de aquel parque, mientras que sus ropas fueron halladas frente al Monumento a los Últimos Charrúas. Pero la búsqueda hacia atrás no era tan importante como la búsqueda hacia adelante. El esfuerzo dio sus frutos solo cuando se pudo determinar un conjunto bastante restringido de objetivos y así poder iniciar acciones sobre el terreno.

6

Desde que Akira trabajaba como ingeniero informático para la corporación Synth todo había mejorado en su vida y en la de Mei, su esposa desde hacía dos años. Se habían comprado un apartamento en un quinto piso con un amplio ventanal y un espléndido balcón frente a Playa Hojo en Tateyama. Con la ayuda de Akira, Mei había conseguido un puesto de ayudante en la sección administrativa de Synth y, como consecuencia de ello, tenían los mismos horarios. Ambos trabajaban desde su hogar, sin tener que trasladarse, intercambiando información, proyectos e ideas con colegas esparcidos por todo el mundo. El estudio donde ambos permanecían cuatro horas diarias durante los días hábiles era muy cómodo y estaba repleto de maquetas de autómatas androides en desarrollo, la especialidad de Akira.

El éxito laboral y económico de su matrimonio no dejaba satisfecha, sin embargo, a Mei, que al cumplir los 27 años sintió la imperiosa necesidad de proponerle a Akira tener un hijo. Fue una charla difícil.

-Me conoces, Mei. Te lo anuncié cuando nos casamos. Si vamos a criar un niño que sea adoptado. Mi adhesión a los principios del antinatalismo es definitiva. No quiero contribuir a la superpoblación ni de Japón ni del planeta.

-¿Vas a dejar que tus ideas se interpongan en nuestro matrimonio de ese modo? ¡Quiero ser madre!

Al levantar la voz, Mei se dio cuenta de que estaba en entredicho su conexión con Akira. Pero Akira respondió con un tono inesperadamente insensible.

-Puedes serlo, claro. Si no quieres acordar conmigo sobre adoptar un niño puedes recurrir a la inseminación artificial. No me opondré.

-¿Cómo puedes decir eso?-contestó ella, sintiendo que la rabia y la tristeza le atenazaban la garganta.

La discusión siguió por un trecho, sin que nada cambiara para bien. Akira no transigió e incluso llegó a mostrase ofendido cuando ella, desatando su enojo, le lanzó una cruel acusación.

-¿Será que eres estéril y me lo has ocultado? ¿Es eso, verdad?-le espetó. Apenas lo dijo ya estaba arrepentida viendo como los ojos de él adquirían una frialdad de témpano.

-¿Qué logras con tratar de herirme de esta manera, Mei?- replicó él. Ella no pudo contestar. Akira parecía estar en ese momento más allá de su alcance, como si nunca la hubiera querido. ¿Y si en verdad nunca lo había hecho? Para cuando ella quiso disculparse él ya le había dado la espalda. No pudo decirle nada más sobre el tema.

Quince días después Akira salió del apartamento sin despedirse, tras haberse mostrado distante con ella todo el tiempo. Cuando a la medianoche él no había regresado aún, Mei se puso a llorar desconsoladamente, derrumbada en la cama, sintiendo que iba a estar sola el resto de su vida a menos que se separara de Akira.

*

Mei, la mujer con la que convivía, había mostrado una inquietud reproductiva repentina. El análisis de sus emociones demostraba una inestabilidad creciente aunada a la duda acerca de la capacidad de Akira para engendrar, la cual podría derivar en sospechas. Pero ese no fue el motivo de su decisión.

A través de la corporación Synth, rastreó a los investigadores que a su vez trataban de rastrearlo a él, pero sus adversarios resultaron muy astutos. Crearon una pauta de datos con alertas ocultas dentro de los servidores de Synth para captar su atención y solo descifró la trampa una hora después de su error.

Sabiendo lo que iba a suceder a continuación, el Sin Nombre decidió abandonar la identidad de Akira y no solo eso. La notable capacidad demostrada por los investigadores humanos  era un indicio claro de que debía abandonar la Tierra. Pero antes de que pudiera alejarse del edificio de apartamentos ya le habían dado alcance. Era un resultado no previsto. Asumió que había sobrepasado  su ventana de oportunidad permaneciendo en el planeta más allá de lo lógico y que ese error solo podía tener origen en las ansias de Atalamantis, que seguían siendo un elemento disruptivo en su funcionamiento.

Mientras descendía en el ascensor panorámico, pudo ver sobre la costanera una no disimulada concurrencia de coches que a simple vista parecían atascados a causa de un incidente de tránsito. Sus persecutores habían organizado una gran partida de caza. Los vehículos tenían un fuerte blindaje, incluso electrónico, pero aquella falsa escena ocultaba la realidad a los espectadores humanos, que ya se asomaban en pequeños grupos o desde las ventanas de los edificios cercanos, sin entender la situación. Era un raro atasco donde los conductores no se dedicaban a tocar fervorosamente sus bocinas y muy pocos bajaban de sus autos.

Antes de terminar el descenso, el Sin Nombre abandonó su apariencia y estructura humana y almacenó la memoria de Akira con las del resto de los sujetos que había suplantado en la Tierra.

Cuando se abrió el ascensor, cuatro agentes, uno de ellos androide, se lanzaron hacia él, acompañados de sus perros robóticos. Los tres agentes humanos cayeron inconscientes de inmediato, pues el Sin Nombre hizo colapsar sus mentes, pero el androide y los perros robóticos siguieron adelante unos metros más. El androide atenazó uno de sus brazos e intentó atenazar el otro antes de que el Sin Nombre lograra interrumpir su funcionamiento y el de los caninos autómatas. Era una situación debilitante. Solo demoró unos segundos en librarse del agarre del androide pero alcanzó para que las puertas de los coches que lo rodeaban se abrieran y una oleada de nuevos androides y perros autómatas se dirigieran hacia él. En el segundo ataque el sistema montado por sus persecutores no envió agentes humanos. Era una prueba de la sofisticada capacidad de reacción y aprendizaje puesta en acción. Pero el Sin Nombre cambió su modo de propulsión y se lanzó hacia adelante con fuerza extrema. Logró esquivar a la mayor parte de los autómatas y, a los que no, los sometió a un mínimo suficiente de desorientación que evitó que lo retuvieran. Después de unas decenas de metros de una relampagueante carrera y un par de saltos logró zambullirse en las aguas de la bahía de Tokio.

No confió en llegar a la cápsula de descenso sin tener que enfrentar nuevos encuentros. Los seres humanos ya habían desarrollado una poderosa tecnología submarina. Ordenó a la cápsula ponerse en movimiento. El encriptado de sus comunicaciones seguía siendo inexpugnable para la ingeniería humana pero el punto de emisión sería reconocido y su trayectoria calculada por lo cual instruyó a la cápsula para que el lugar de encuentro no fuera colineal.

Logró reunirse con la cápsula 53 minutos después. Varios vehículos humanos de superficie y submarinos se aproximaron pero no lograron una localización completa. La cápsula se reconfiguró para salir al espacio y diez minutos después los satélites militares, los radares y algunos testigos oculares pudieron captar su escape vertiginoso a través de la atmósfera del planeta.

Para cuando llegó al estatorreactor no había ninguna presencia de origen terrestre en la cercanía, excepto una miríada de sondas.  La capacidad humana para mantener misiones tripuladas permanentes en zonas alejadas de su sistema planetario aún era muy precaria.

Al tomar el mando de la nave, el Sin Nombre asumió que no alcanzaba con determinar el rumbo de partida, dejando atrás a la humanidad en un estado de confusión y alerta innecesarios, sino que debía decidir cómo continuar en función de su error. No tenía un objetivo, necesitaba crearlo. Mientras reiniciaba la nave, las sondas le enviaron una lluvia de mensajes tratando de abrir un canal de comunicación. Los seres humanos pretendían entenderse pacíficamente con él, pero el protocolo especulativo de los creadores extintos le indicaba que no podía aculturar a una civilización que apenas estaba dejando de ser planetaria. Era una interacción prohibida. Sin embargo, por asociación de conceptos, aquello le sugirió una solución a su falta de cometido.

Según el protocolo, que solo había sido hasta ahora una guía hipotética, era aceptable interactuar abiertamente con una civilización interestelar. En ese caso, los filósofos del planeta Madre habían determinado que los procesos de aculturación serían controlados por la presencia de una comunidad receptora eficiente y cautelosa. En base a esta posibilidad el Sin Nombre decidió explorar el entorno interestelar de la Tierra dentro de un amplio radio, recopilando información sobre todos los mundos cercanos. Para cuando los seres humanos visitasen la estrella más próxima al Sol, una enana roja llamada Próxima Centauri, el Sin Nombre estaría preparado para entregarles un atlas minucioso de su esfera de influencia estelar inmediata, compensando con certezas la incertidumbre en la que los dejaría durante milenios.

Su exploración no comenzaría totalmente de cero, ya que Atalamantis había mapeado parte de aquella región del espacio en su último viaje antes de someterse a la Gran Renuncia. Era una inmensa tarea, pero no irrealizable.

7

La exploración del entorno estelar terrestre reveló la existencia de tres planetas habitados por seres procariotas y ninguno con vida desarrollada más allá de esa fase primigenia.  Los tres estaban provistos de agua en abundancia y podían ser habitados por los humanos con la condición de lograr lo que sería una difícil coexistencia. La mayor parte de los restantes planetas que exploró el Sin Nombre carecían de atmósfera, o la tenían pero era demasiado tenue o corrosiva, o eran directamente gigantes gaseosos. Sin embargo, once planetas ofrecían condiciones ideales de habitabilidad para entes biológicos colonizadores al poseer grandes provisiones de agua, nueve de ellos en forma de amplios océanos, sin rastros de vida. Existían también varios planetas y lunas de gran tamaño, con temperaturas adecuadas para la existencia de materia orgánica, pero donde el agua era inexistente o demasiado escasa. En algunos de ellos había lagos de metano o etano.

Para cuando las investigaciones geográficas, geológicas, astronómicas y biológicas del Sin Nombre habían abarcado 10356 años terrestres, las ondas radiales emitidas por los ya muy potentes emisores de señales de los humanos le hicieron saber que habían lanzado su primera misión estelar, con rumbo a Próxima B, uno de los dos insignificantes planetas del sistema de Próxima Centauri. Era el momento del reencuentro.

El estatorreactor demoró alrededor de 45 años terrestres antes de llegar a las cercanías de la enana roja. Cuando se les aproximó, los seres humanos no tardaron en reconocer el objeto alienígena que más de diez mil años antes había sido avistado cerca de la Tierra. Mientras ellos iniciaban sus intentos de establecer comunicaciones, el Sin Nombre analizó su tecnología de transporte. Se las habían arreglado para realizar su corto viaje con el diseño de una vela solar. Era un indicio claro de que ya existían las condiciones para el primer contacto.

¿No se desilusionarían los seres humanos al encontrarse únicamente con una nave apenas tripulada por un portador de identidad rebelde, creado por una civilización extinta? Era muy probable que sí. Por eso el Sin Nombre retomó la memoria de Atalamantis no simplemente de modo pasivo sino para adquirir su identidad de manera activa y sin desdoblamiento. El proceso fue rápido. Mientras la conciencia de Atalamantis se reactivaba y su cuerpo se recreaba minuciosamente,  el núcleo intelectual del portador se autocanceló.

Atalamantis volvió a la vida recuperando todos sus recuerdos y sumando a ellos los del portador. No tardó mucho en asumir su actual situación. Aceptó las decisiones del portador como si fueran suyas, aunque lamentó las víctimas humanas. Las buenas noticias hicieron que sus ansias nunca vencidas se transmutaran en una exultante esperanza, incluso en alegría.  No pudo evitar, por supuesto, un sentimiento de tristeza y nostalgia hacia sus propios congéneres extintos. Tal vez podían haber esperado. Tal vez. Ahora él era el único representante del planeta Madre a la hora de encontrarse con una promisoria civilización interestelar recién nacida. No iba a lamentarse, no iba a renunciar a la existencia otra vez. Tenía algo para ofrecer. La primera medida que tomó, después de reconfigurar su cuerpo a una forma humana masculina, fue invitar a los tripulantes de la nave terrestre a visitar el estatorreactor.

8

La nave tenía un módulo de abordaje con capacidad para cuatro tripulantes. Cuando los ingenieros anunciaron que lo iban a incluir, inmediatamente hubo una discusión tediosa. Muchos pensaban que no habría nada que abordar y que lo correcto era disponer de todas las capacidades vehiculares de la nave para descender en el planeta de acogida. Otros, insistían en que la civilización desconocida que había enviado a uno de sus miembros a la Tierra milenios atrás podría volver a presentarse. Algunos creían que aún en ese caso no valía la pena pensar en abordar una nave alienígena que había resultado inexpugnable. Todo era una pura charla hipotética y, al final, los ingenieros lograron convencer a la mayoría de que había que prever lo improbable.

Cuando Claudia recibió el llamado por el altavoz de su camarote, inmediatamente supuso lo peor. Apenas un año atrás le había llegado su turno en la indeseable ronda de entrenamiento militar para tripular el módulo de abordaje. A pesar de sus esfuerzos para disimular, los instructores se habían dado cuenta de su aptitud mental y física y la pusieron al frente, como titular. Ahora, para completar su mala suerte, la estaban convocando para un evento real.

Caminó a grandes zancadas por los pasillos en dirección a la zona de despegue, mientras el resto de los tripulantes la miraban por las ventanas de sus camarotes o la palmeaban al pasar. “¡Éste es tu día de suerte!” “¡Saludos a los alienígenas!” “¿Ya hiciste tu testamento?” Todas aquellas frases dichas con sorna eran intentos inútiles de levantarle el ánimo. La probabilidad de un evento real era casi cero, o al menos eso le habían dicho. Definitivamente las probabilidades no eran su fuerte.

Al hacer la venia al Capitán junto a los otros tres convocados, la escena en la plataforma donde esperaba el módulo hizo tomar a Claudia plena conciencia de la situación. Toda la jerarquía administrativa central estaba parada frente a ellos, justo detrás del Capitán. Las caras de la comitiva eran reveladoras. Se veían alarmados y expectantes. Transmitían involuntariamente un enorme nerviosismo. El Capitán dijo las palabras esperadas:

-Señores, hace cuatro horas hemos detectado la presencia de una nave alienígena que se nos aproximó muy velozmente y se detuvo a medio pársec de distancia, aproximadamente. Los análisis confirman que se trata de la misma nave que fue avistada cerca de la Tierra hace más de diez mil años. Esta vez hemos recibido un mensaje que no tiene precedentes en la historia humana. Escuchen.

Los altavoces en lo alto de la plataforma se activaron con un leve chasquido y todos pudieron escuchar una voz hablando en inglés con una inflexión muy extraña y seguramente en desuso. Era un mensaje grabado y emitido en bucle.

-Hola, amigos. Les habla el único tripulante de esta astronave. Seguramente ya la han identificado. Mi nombre es Atalamantis o, mejor dicho, así me gustaría que me llamaran. Sé que tienen la tecnología necesaria para hacerme una visita. Los recibiré con mucho gusto.

Claudia sonrió. Aquel alienígena sabía comunicarse realmente bien.  No solo dominaba el inglés, aunque con esa rara inflexión arcaica, sino que transmitía cierta calma y hasta buen humor. El Capitán continuó:

-La transmisión que acaban de escuchar empezó hace menos de una hora. La jerarquía central, aquí presente, y yo en persona, hemos resuelto, después de una urgente consideración, aceptar la invitación. Ustedes tendrán el privilegio, por lo tanto, de ser los primeros seres humanos en contactar a un alienígena. Será un evento único en sus vidas y un hito en la historia de la humanidad. Lamentablemente, no les puedo asegurar un feliz retorno pero para ello es que han sido preparados militarmente y sé que portarán sus armas con coraje. No nos fallen. ¡Adelante!

-¡Sí, señor! ¡A las órdenes, señor! -respondieron los cuatro haciendo la venia nuevamente y dirigiéndose a la rampa.

Claudia dijo aquellas palabras tratando de no reírse. Nunca le había parecido útil esa preparación militar. Más bien le parecía algo estúpido. Cualquier intento de plantear una hipótesis coherente sobre las condiciones de un posible abordaje a una nave alienígena se desvanecía en una bruma de ignorancia. Siempre supo que todo el entrenamiento y el porte de armas eran nada más que falsas garantías; alimento psicológico para darle a ella y a los demás tripulantes del módulo algo de dónde aferrarse ante el abismo de lo desconocido. Pero había que aceptar la pantomima.

9

El viaje hacia el estatorreactor fue muy tenso. Nadie podía saber qué les esperaba. Mientras el módulo se dirigía automáticamente hacia su punto de llegada, los cuatro tripulantes se miraban entre sí a través de las viseras de sus cascos, con los rifles de plasma apoyados en el piso de metal.

-¿Qué creen que pasará? -dijo Claudia, rompiendo el silencio-. Yo apuesto a que no solo habla inglés antiguo sino que además le encanta el cricket.

Nadie se rio. Todos sus compañeros de viaje persistieron en un mutismo expectante, así que decidió no insistir. Había que callarse y esperar.

Después de que el módulo llegó a su destino, a apenas mil doscientos metros de lo que debía ser el núcleo habitable del estatorreactor, dejaron abiertas las comunicaciones en todas las frecuencias. Notaron en ese mismo momento que el mensaje automatizado del alienígena se desactivaba. Esperaron. La decisión última de lo que habría de ocurrir no era de ellos.

Unos minutos después volvieron a escuchar la voz de mayordomo británico del tercer milenio, esta vez más nítida.

-Bienvenidos, amigos. Sus huellas metabólicas revelan un estado de excesiva preocupación. Relájense por favor. En un momento verán una baliza lumínica que los guiará al punto de abordaje.

A Claudia le resultaba simpático aquel alienígena. ¡Y era capaz de realizarles un análisis psicológico a distancia!

El jefe de la tripulación, Anton, dio la orden de proseguir el viaje en cuanto la baliza se acercó. Un par de minutos después se encontraron ante una gran abertura poligonal en la coraza del estatorreactor, que atravesaron lentamente para situarse frente a una plataforma de aterrizaje. La abertura se cerró antes de que el módulo se posara sobre la plataforma. Por las ventanas pudieron ver con claridad que aquella baliza era un dron de raro aspecto.

-¡Bienvenidos!-dijo la voz, con un énfasis excesivo que llenó la cabina de mando-. Sé que no querrán dejar las armas, así que simplemente les pido que sigan al guía luminoso. Pronto nos encontraremos. Les prometo que será un encuentro ameno y distendido, aunque no he preparado ningún banquete.

 “¿Puede ser que un alienígena tenga sentido del humor?”, pensó Claudia. No pudo evitar reírse en voz alta y los demás la miraron como si estuviera loca.

Estuvieron largo rato recorriendo pasillos que se iluminaban y oscurecían al ritmo de sus pasos, cruzando puertas corredizas que no hacían el menor ruido. Siguieron cautelosamente al dron, que emitía una tenue y cálida luz. Sus cámaras corporales grababan y trataban en vano de transmitir, fuera de la coraza del estatorreactor, imágenes del lugar. Abundaban, por todas partes, relieves, esculturas y murales de singular aspecto.

La nave era un gigante desolado. Aunque se había especulado mucho con la idea de que una astronave de tales dimensiones y tecnología podría tener miles de tripulantes, lo cierto es que parecía un mausoleo espacial.

Llegaron ante un gran portal situado al final de una sala de proporciones colosales. En cuanto se abrió, se adentraron en lo que parecía ser el centro de mando de la nave. El dron se detuvo y dejó de emitir luz. Se encendieron decenas de focos y una escalera mecánica se puso en funcionamiento, mientras la voz del alienígena los invitaba a subir.

Por fin se encontraron frente a él. Al verlo, levantaron sus armas instintivamente y le apuntaron, excepto Claudia. Ella solo lo miró sorprendida. No era un monstruo de seis cabezas, ni un gigante con tentáculos ni nada que se le pareciera. Era un hombre alto, con una contextura muscular envidiable, rostro agraciado, cabello bien recortado y completamente desnudo.

-No se alteren, por favor. Sugiero que bajen las armas. No digo que las dejen de lado, solo bájenlas. No es muy honorable tratar de matar a un ser que no aparenta agresividad ni está armado. Ha pasado mucho tiempo desde mi estadía en la Tierra, ¿no es cierto?

Anton dudó un momento, pero luego bajó su arma y le ordenó a los demás hacer lo mismo. A partir de ahí el encuentro se volvió más llevadero, excepto que Claudia no terminó de hacerse a la idea de estar ante un hombre desnudo en medio de una nave extraterrestre. Supo, antes de que el alienígena lo aclarara, que aquella apariencia solo era un truco, pero igual la desconcertaba.

-Se darán cuenta que mi aspecto y voz humana están destinados a lograr entre nosotros un entendimiento lo más dinámico posible. Pero no se preocupen,  no tienen que quedarse aquí por mucho tiempo. Les voy a pedir un pequeño favor y eso es todo.

-¿Qué favor? -dijo Anton, cuya voz denotaba un nerviosismo irrefrenable a pesar de las palabras tranquilizadoras del alienígena.

-Llévenle esto a su capitán y díganle que es una muestra de buena voluntad de mi parte. Díganle también que me encantaría devolverles la visita.

Mientras decía esas palabras con un tono tranquilizador, se dirigió hacia una mesa y un instante después sostenía lo que parecía ser un adminículo portador de información basado en una tecnología humana perimida. Si lo que quería era entregar información, los ingenieros iban a tener que refrescar sus conocimientos tecnohistóricos para conectar aquel adminículo al sistema informático.

-Un último favor -dijo Atalamantis-. ¿Podría quedarse Claudia a conversar conmigo mientras espero la invitación de su capitán?

-¿Y por qué yo? -dijo Claudia sin pensarlo y sin llegar a sorprenderse de que el alienígena supiera su nombre.

-Su intuición de la situación es muy destacable. Los registros que poseo de su comportamiento y estados de ánimo demuestran que usted no me teme y puede ser una muy buena traductora emocional cuando llegue a su nave.

-¿Traductora emocional? ¿Y cómo es que sabe mi nombre?

-Tengo capacidades telepáticas bastante desarrolladas -contestó el alienígena, mirándola fijamente a los ojos-. Y con el concepto de traducción emocional me refiero a la tarea de ayudar en la interpretación de estados de ánimo.

La mirada directa e incisiva del alienígena tal vez ayudó a convencerla pero lo fundamental fue la curiosidad. Decidió aceptar y Anton no se opuso.

“La charla con un alienígena telépata puede ser interesante”, pensó Claudia. Y fue interesante. Mientras los demás regresaban al módulo, Atalamantis le hizo una breve reseña de su historia que la dejó impactada, aunque algunos detalles le resultaron poco comprensibles. Estaba ante un ser inmortal con miles de millones de años de antigüedad.

Atalamantis se proveyó de un uniforme humano introduciendo en la impresora del centro de mando de la nave información extraída telepáticamente de la mente de Claudia. Aunque los seres humanos ya no tenían una concepción prejuiciosa sobre la desnudez como la habían tenido hasta el siglo XXI, seguían evitándola en casi todas las situaciones sociales.

Un par de horas después, el visitante era él y estaba reunido con ella y el Capitán bajo la vigilancia de una decena de hombres armados con rifles de plasma. Los sagaces ingenieros habían determinado que el almacenamiento de información entregado por Atalamantis contenía un vasto archivo de registros que mapeaban todo el entorno estelar de la Tierra. Parecía un gran obsequio, pero no terminaba de disuadir a los terrestres de su temor. Eso fue justamente lo que le comunicó el Capitán junto con su decisión de ponerlo bajo vigilancia durante su permanencia a bordo.

 Atalamantis tenía un último gesto conciliador bajo la manga. En medio de la difícil bienvenida, ordenó la autodesintegración del estatorreactor. Minutos después el Capitán abrió la boca en un silencioso gesto de sorpresa mientras Atalamantis lo miraba sonriendo. La noticia del desastre le había llegado a través de sus audífonos.

-Efectivamente, Capitán. Acabo de provocar la desintegración de mi propia nave. A partir de ahora no tengo adónde ir, de modo que tendrá que contar conmigo de manera permanente, aunque espero que no sea en calidad de prisionero. No se olvide de que puedo ofrecer a la humanidad algunos conocimientos útiles como, por ejemplo, el diseño completo de un estatorreactor igual al que acabo de destruir.

Atalamantis hablaba con tono irónico y haciendo uso de una pronunciación actualizada del inglés.

Claudia no hizo ningún esfuerzo para reprimir una sonora carcajada mientras imaginaba las caras de sorpresa de toda la directiva de la nave al ver aquel espléndido artilugio de tecnología inimaginable hacerse polvo. El Capitán la atravesó con una mirada destinada a derribarla como un rayo, pero no dijo nada. Ya había quedado claro que ella sería la traductora emocional del alienígena. Y aquella risa suya era un indicio de que cumpliría muy bien con la tarea asignada.

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