Un cero que nada - Fernando Gutiérrez Almeira

El territorio de la muerte no será colonizado. Permanecerá inexpugnable, guardando el tesoro sórdido de las motivaciones que contradicen la estructura estable del deseo. Allí será depositado mi cadáver, lavado con plata helada y trozos de hielo negro. Seré cosechado con las amapolas para alimentar cerdos translúcidos que crecerán y crecerán hasta caer sobre el curso flexible y verdeazulado de los sueños rígidos.  No se podrá decir que he vivido o que he tenido los ojos mirando al norte con un vago delirio bajo la retina. No soy el testigo que están buscando, no cosí ropa en un cuarto mohoso con los niños del capitalismo. Me liberé de la confesión y de la culpa, me hice un mar personal donde ahogarme. Cuando la vida quiere entrar en el territorio de la muerte, adivino su inerte carencia y le pongo trampas. Para vencer mi actitud de astronauta sin estrellas, ella inventa cucarachas con patas de araña y androides que se arrodillan y reciben golpes deliciosos en la espalda. Yo trato de no mirar. No miro, no miraré, no miraba. Tengo un leve dolor en el costado y la sangre se va cuajando en un recipiente oblongo.  De algún rincón del pensamiento va brotando la sabiduría mezquina de un imperio de lotos. Con el veneno de su savia melosa las damas de besos turgentes se relamen. Quieren caricias como cuevas de oro y una baba que se escurre hacia un perfecto cristal de pureza esquiva. Nadie, nada, nunca. Si un invierno nuclear me rozara la frente, de nuevo levantaría mi ataúd y lo llevaría sobre mis hombros huesudos. La pirámide de lo eterno me está esperando codiciosa, ansiosa, llena de latidos cómodos que bajan por las patas de la cama hasta el suelo cubierto de enredaderas. No quiero decir nada si digo mucho, no quiero nada si quiero más que todo. Hay una ella, o una otra, o la verdad de una alta mujer de tinieblas, clamando por mis destrozadas esperanzas de alcanzar una luna que acunada en un plato hondo haga juego con un vino blanco. Ya voy sintiendo que me llama, ya voy deseando que no me espere y que se vaya. Pero vuelve y me mira desde adentro de mis propios ojos, espiando el retardo de mis silencios y auscultándome el corazón sobre una almohada cálida que concentra veranos y mareos entre los muslos calientes de un vértigo que arranca gemidos y temblores que terminan en livianos espasmos. Me voy, me retiro a lo hondo, donde mis brazos me envuelven y me acurrucan en el líquido amniótico de la felicidad perfumada. He tenido su preciosa seda, he subido hasta lo alto de la asta la roja bandera de los cronogramas torturantes, he sido, he sido, o no, o solo un cero que nada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Después de las bombas - Fernando Gutiérrez Almeira

Las Palabras - Fernando Gutiérrez Almeira

Siete Ataúdes - Fernando Gutiérrez Almeira